FRANCISCO
SUÁREZ S.J., CONOCIDO COMO DOCTOR EXIMIUS
Miembro de
una familia hidalga, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en
Salamanca en 1564, aunque fue rechazado en un principio a causa de su
falta de vivacidad intelectual. Recibido, sin embargo, con el estatuto deindiferente,
que equivalía a que se determinaría con posterioridad su valía como sacerdote o
como hermano, demostró luego suficiente genio como para desarrollar una de las
carreras intelectuales más brillantes de su tiempo. Allí fue discípulo del
padre Martin Gutiérrez y estudió filosofía y teología.
Enseñó
teología en Segovia y Ávila en 1575; en Valladolid en 1576; y entre 1580 y 1585
filosofía y teología en Roma, donde estuvo muy unido al cardenal Belarmino,
así como al papa, Gregorio XIII; luego se trasladó a enseñar a Alcalá
de Henares, entre 1585 y 1592, donde sus primeros libros le valieron
dificultades con censores dominicos como Avendaño .
En 1593 volvió
a Salamanca, para enseñar, y terminó al fin su carrera en la Universidad
de Coímbra, donde entró en 1597, el mismo año en que se editaron sus
famosísimas Disputationes metaphysicae. La jubilación le llegó
en 1615; entonces fue a Lisboa, donde dos años después falleció. Fue
enterrado en dicha ciudad, en la Iglesia de San Roque.
Hombre de
una gran cultura y erudición griega, latina, árabe y hebrea, pudo asimilarla
toda, ordenarla, simplificarla y eliminar de ella verbalismos ociosos. Fue
llamado Doctor Eximius et Pius y gozó de enorme autoridad,
revitalizando la ya decaída escolástica, que compendió en su obra
principal, sus Disputationes metaphysicae (1597), donde
repiensa toda la tradición especulativa anterior, sintetizando además la Metafisica grecorromana
como una disciplina autónoma e independiente. Puede considerarse este libro
como la primera construcción sistemática de la metafísica después de
Aristóteles. Por ello ejerció una influencia considerable en el pensamiento
posterior como el más moderno de los escolásticos.
Dentro de la
escolástica surgió una escuela que se conoce con su nombre, el Suarismo,
que se considera seguidora del pensamiento de Tomás de Aquino, pero en
varios puntos no concordante con el resto de los tomistas. Es de especial
relevancia su consideración del modo de existencia en la relación
criatura-Creador que, por ser esencial, fundamenta una razón última y
suficiente.
En su gran
obra jurídica Tractatus de legibus ac Deo legislatore, muy fecunda
para la doctrina iusnaturalistas y el derecho internacional, se
encuentra ya la idea del pacto social, y realiza un análisis más avanzado
que sus precursores del concepto de soberanía: el poder es dado por Dios
a toda la comunidad política y no solamente a determinadas
personas, con lo que esboza el principio de la democracia contra
cesaristas, legistas, maquiavelistas y luteranistas. Distingue entre ley
eterna, ley natural, derecho de gentes, ley positiva humana (derecho civil y
derecho canónico) y ley positiva divina (la del Antiguo y Nuevo Testamento).
También
escribió De anima, De Deo uno et trino y Defensio
fidei catholicae et apostolicae adversus Anglicanae sectae errores.
Prima pars
Summae theologiae. De Deo vno et trino (1607).
PENSAMIENTO FILOSÓFICO
Sus logros filosóficos más importantes fueron en el
campo de la metafísica y la filosofía del derecho. Suárez puede ser considerado
como el mayor representante de la Escuela de Salamanca en su etapa
jesuita. Adhirió a una forma moderada del tomismo y desarrolló la metafísica
como una investigación sistemática
METAFÍSICA
Para Suárez, la metafísica era la ciencia de las
esencias reales (y existencia), sino que estaba preocupado sobre todo con el
ser real y no conceptual que se está, y con inmateriales más que con el
material que está siendo. Sostuvo (junto con los primeros escolásticos) que la
esencia y la existencia es similar a las divinas (véase el argumento
ontológico), pero no estuvo de acuerdo con Tomás de Aquino y otros que la
esencia y la existencia de los seres finitos son realmente distintas. Sostuvo
que en realidad no son más que conceptualmente distintas: en lugar de ser
realmente separables, que sólo puede ser concebida como lógicamente
independientes.
COMMENTARIORUM AC
DISPUTATIONUM IN TERTIAM PARTEM DIVI THOMAE (1590).OPERIS DE RELIGIONE (1625).
Sobre el
tema polémico de los universales, se esforzó por seguir un camino intermedio
entre el realismo de Juan Duns Escoto y el nominalismo de Guillermo
de Ockham. Su posición está un poco más cerca de nominalismo que la de Tomás de
Aquino. A veces se le clasifica como un nominalista moderado, pero su admisión
de precisión objetiva (praecisio obiectiva) lo coloca con los realistas
moderados. La única unidad verdadera y real en el mundo de las existencias es
el individuo, al afirmar que el universal existe separado ex parte rei sería reducir
las personas a meros accidentes de una forma indivisible.
Suárez
sostiene que, aunque la humanidad de Sócrates, no difiere de la de Platón,
sin embargo, no constituyen una realiter y la misma humanidad,
no son muchas unidades formales (en este caso, las
humanidades), ya que hay personas, y estas personas no constituyen un hecho,
sino sólo una unidad esencial o ideal («ita ut Plura individua, quae
dicuntur esse naturae ejusdem, no sint unum quid vera entitate quae sentarse en
rebus, sed solum fundamentaliter vel per intellectum»). La unidad formal,
sin embargo, no es una creación arbitraria de la mente, sino que existe «in
natura rei ante omnem operationem intellectus».
y la
combinación de las tres Su trabajo metafísico, es un notable esfuerzo de sistematización
escuelas disponibles en ese momento: el tomismo, escotismo y nominalismo.
También es un comentarista profundo de las obras altomedievales y árabes. Pudo
disfrutar de la reputación de ser el más grande metafísico de su tiempo. De
este modo fundó una corriente propia: elsuarecianismo, cuyos principios
rectores son:
·
El principio de individuación por la propia entidad
concreta de los seres.
·
El rechazo de la potencialidad pura de la materia.
·
Lo singular como el objeto del conocimiento
intelectual directo.
·
Un distinctio rationis ratiocinatae entre
la esencia y la existencia de los seres creados.
·
La posibilidad de que la sustancia espiritual sólo sea
numéricamente distinta entre unos y otros.
·
La ambición de la unión hipostática como el pecado de
los ángeles caídos.
·
La encarnación del Verbo, incluso si Adán no hubiera
pecado.
·
La solemnidad del voto solamente en el derecho
eclesiástico.
·
El sistema de congruismo que modifica el molinismo por
la introducción de circunstancias subjetivas, así como de lugar y de tiempo,
que propicia la acción de la Gracia eficaz, y con la predestinación ante
praevisa merita.
·
La posibilidad de arribar a la misma verdad por la
ciencia y la fe.
·
La creencia en la autoridad divina contenida en un
acto de fe.
·
La transformación del pan y el vino en el cuerpo y
sangre de Cristo por la Transubstanciación, constituye el sacrificio
eucarístico.
·
La Gracia de la Santísima Virgen María es
superior a la de los ángeles y santos juntos.
Suárez
realizó una clasificación importante de esto en Disputationes
Metaphysicae (1597), que influyó en el desarrollo de la teología
dentro del catolicismo. (En la segunda parte del libro, las disputas 28-53,
Suárez fija la distinción entre ens infinitum (Dios) y ens
finitum (seres creados). La primera división del ser es entre el ens
infinitum y finitum ens. No sólo se puede dividir entre
ser infinito y ser finito, sino que también se puede dividir en ens a
se ab alio y ens, es decir, es que es de sí mismo y es que es de otro. Una
segunda distinción correspondiente al ens necessarium y ens contingens,
es decir, ser necesario y ser contingente.
Todavía
formula otra distinción entre ens per essentiam y ens per
participationem, es decir, ser que existe por razón de su esencia y es que
sólo existe por la participación en un ser que existe por sí mismo
(eigentlich). Otra distinción es entre ens increatum y ens creatum,
es decir, no creado y que se creó, o criatura, ser. Una última distinción es
entre el ser como actus purus y ser como ens
potentiale, es decir, como acto puro y ser como posible o potencial.
Suárez
decidió a favor de la primera clasificación de los seres en ens
infinitum y finitum ens como la fundamental, en
relación con los acuerdos de las otras clasificaciones.
TEOLOGÍA
En teología,
Suárez se unió a la doctrina de Luis de Molina, el célebre profesor
jesuita de Évora. Molina trató de conciliar la doctrina de la Predestinación con
la libertad de la voluntad humana y las enseñanzas de predestinación de los
dominicanos al decir que ésta es consecuencia de la presciencia de Dios de la
libre determinación de la voluntad del hombre, que está por tanto, no se ven
afectados por el hecho de la predestinación tal. Suárez trató de reconciliar
este punto de vista de las doctrinas más ortodoxas de la eficacia de la Gracia
y la elección especial, sosteniendo que, aunque todos comparten una Gracia más
que suficiente, no se concede a los elegidos una Gracia que está adaptada a sus
disposiciones y a las circunstancias peculiares infaliblemente, aunque al mismo
tiempo con toda libertad, se entregan a su influencia. Este sistema de
mediatizar era conocido por el nombre de congruismo.
FILOSOFÍA
DEL DERECHO
Aquí la
principal importancia de Suárez proviene probablemente de su trabajo en
la ley natural, y de sus argumentos sobre el derecho positivo y
el status de un monarca. En su extensa obra Tractatus
de legibus ac Deo legislatore (reimpreso en Londres, 1679) es hasta
cierto punto, el precursor de Grocio y Samuel Pufendorf, al
hacer una distinción importante entre el derecho natural y el derecho
internacional, que veía como basados en la costumbre. A pesar de que su método
es a través del escolasticismo, y trata sobre situaciones análogas, Grocio
habla de él en términos de gran respeto. La posición fundamental de la obra es
que todas las medidas legislativas, así como todo el poder paternal se deriva
de Dios, y que la autoridad de todas las leyes se resuelve en la suya. Suárez
refuta la teoría patriarcal de gobierno y el derecho divino de los reyes
fundado en esta doctrina, muy popular en ese momento en Inglaterra y en cierta
medida en el continente. Argumentó en contra de la temática de contrato social,
y de la teoría que se convirtió en dominante en la modernidad temprana entre
filósofos políticos como Thomas Hobbes y John Locke, pero algunas de sus
ideas encontraron eco en los más liberales, incluso entre los teóricos
adherentes del contrato de Locke.
Los seres
humanos, sostuvo Suárez, tienen un carácter social natural otorgado por Dios, y
esto incluye la posibilidad de hacer las leyes. Pero cuando una sociedad
política se forma, la autoridad del Estado no es de origen divino sino humano,
por lo que su naturaleza es elegida por las personas involucradas, y su poder
legislativo natural es dado al gobernante. Debido a que le otorga este poder,
tienen el derecho de tomarlo de nuevo; a la rebelión contra un gobernante, pero
sólo si el gobernante se comporta mal con ellos, y están obligados a actuar con
moderación y justicia. En particular, las personas deben abstenerse de matar al
soberano, no importa lo tiránico que pueda ser. Si un gobierno se impone a la
gente, por otra parte, el pueblo no sólo tiene el derecho a defenderse y
sublevarse contra él, sino que también tiene derecho a matar al tirano.
En 1613, a
instancias del Papa Paulo V, Suárez escribió un tratado dedicado a los
príncipes cristianos de Europa, tituladoDefensio fidei contra catholicae anglicanae
sectae errores. Esto fue dirigido contra el juramento de fidelidad
que Jacobo I de Inglaterra exigía a sus súbditos. Jacobo I (él mismo
un erudito talentoso) hizo que el libro fuera quemado por el verdugo, y
prohibió su lectura bajo las penas más severas, y se queja amargamente
ante Felipe III que no debería albergar en sus dominios a un enemigo
declarado del trono y majestad de los reyes.
INFLUENCIA EN LA EMANCIPACIÓN DEL VIRREINATO DEL RÍO
DE LA PLATA
En la
prehistoria de los movimientos políticos argentinos, se pueden mencionar las
enseñanzas del padre Francisco Suárez, quien hablaba del origen de la autoridad
y de la soberanía de los reyes de una forma algo diferente a la de las clásicas
ideas despóticas que imperaban en la época. Acercándose en un cierto modo a lo
que luego sería denominado como contrato social por el filósofo
suizo Jean Jacques Rousseau ya a mediados del siglo XVIII, Suárez
elaboró una teoría sobre el origen poder real llamada «doctrina de reversión»
que posteriormente tendría una influencia clave en los movimientos
revolucionarios rioplatenses de principios del Siglo XIX. Aunque él
también consideraba (coincidente aquí con las corrientes ideológicas
absolutistas de aquellos años) que dé era Dios donde se originaba la
soberanía necesaria para legitimar la dominación política, Suárez disintió con
un aspecto clave de esta doctrina. Mientras que la teoría del absolutismo
monárquico enunciaba que, ante la muerte de un soberano, el poder volvía a
Dios y de allí derivaba nuevamente al nuevo rey (hijo del difunto), el padre
expuso que en realidad, si bien la soberanía sí era de origen divino, de Dios
derivaba en el pueblo, y era el pueblo el que delegaba este mismo poder al
nuevo monarca. El rey le transmitía a su hijo la legitimidad para gobernar,
pero es la gente que él gobierna quien le brindaba por mandato divino la
soberanía necesaria para dicha tarea administrativa. De esta forma, no era Dios
el único portador y otorgador del poder político que legitimaba al soberano,
sino que en este caso la soberanía volvía siempre al pueblo, para desde ahí,
dirigirse a su rey.
Estas eran
sus ideas que, enseñadas en las universidades y colegios dirigidos por la
Compañía de Jesús, chocaban con las ideas del despotismo ilustrado, relativas
al origen directa y únicamente divino de la autoridad de los reyes. Fue así que
los Borbones se empeñaron en acallar «la doctrina jesuita sobre el origen de la
autoridad», expulsando a estos en 1767 de sus dominios, y un año
después el rey Carlos III proscribió la tesis de Suárez, que es
considerada una actualización de los pensamientos de Santo Tomás y Vitoria.
LA EMANCIPACIÓN LA NACIÓN
ARGENTINA, ESTUVO INFLUIDA POR DOS CORRIENTES DE
PENSAMIENTOS DISTINTOS
·
1) La racionalista, laicista, e iluminista
de Voltaire que sustentó la filosofía política de la Revolución
Francesa.
·
2) Otra
anterior, de inspiración Cristiana, influida, por un lado, por la doctrina
de Francisco Suárez que pregonó que la autoridad es
dada por Dios pero no al rey sino al pueblo que fue aprendida en la
Universidad Jesuitica de Chuquisaca
·
Esta segunda corriente filosófico-política, al igual
que la primera, influyó en el movimiento emancipador de 1810,
las guerras de independencia, el período de la organización nacional (cuyo
primer fruto fue la Constitución de 1853) tuvieron como protagonistas a
más figuras del campo católico: Fray Cayetano Rodriguez, , Ignacio de
Castro Barros, Fray Justo Santo, Santa María de Oro, , José Luis
Chorroarín, Juan Ignacio Gorriti, Facundo Zuviría, Félix Frías, Fray
Mamerto Esquiú, Mariano José de Escalada, , etc. A título de ejemplo el
presidente del Congreso Constituyentes de 1853, Facundo Zuviría
(1793-1861), se autocalificaba «demócrata y cristiano» y señalaba que «sin
principios religiosos, no hay libertad, ni justicia, ni sociedad estable».
INTRODUCCIÓN A LA METAFÍSICA
(DE LAS «DISPUTATIONES METAPHYSICAE»)
La
traducción, que presentamos, de la primera disertación o disputa Metafísica del
Padre Francisco Suárez tiene como fin dar a conocer una de las joyas de las
célebres Disputationes Metaphysicae del Doctor Eximio. Tal vez
por ser la primera, y tener un carácter introductorio, no siempre se ha
dirigido la atención hacia este trabajo metafísico de primer orden.
Efectivamente,
no conocemos ningún estudio especial destinado a valorar la primera disertación
Metafísica, verdaderamente digna del genio excepcional de Francisco Suárez. Las
características de la gran obra Metafísica del maestro granadino resplandecen
soberanamente ya en esta primera disertación: amplitud en la información
histórica, profundidad en la penetración de los temas, claridad en la
exposición de pensamientos difíciles, potencia comprensiva, que abarca y
selecciona los puntos fundamentales, intuición genial, que resuelve directamente
las dificultades aparecidas históricamente y previene las que en lo futuro
puedan surgir; he aquí las características de esta pieza verdaderamente
magistral, que constituye toda una introducción a la Metafísica, en lenguaje
moderno.
Lo dicho
explica suficientemente nuestra predilección por este fragmento introductorio
de las disputaciones metafísicas, y que lo hayamos elegido para que figure en
la Colección Austral, que tan amplia y prestigiosa difusión ha
obtenido en poco más de un lustro.
Pero antes
de presentar a nuestros lectores una síntesis de la primera disertación
Metafísica de Suárez, esperarán sin duda que les propongamos una vista de
conjunto de la obra monumental del Profesor de Prima en las Universidades de
Salamanca y de Coimbra.
Francisco
Suárez, es sin duda el mayor representante de la teología y
filosofía escolástica en su glorioso renacimiento de los siglos XVI y XVII.
Ante todo, Suárez es teólogo: su obra es teológica no sólo por su extensión,
sino también por la erudición asombrosa, la profundidad de su ingenio y la
seguridad de su doctrina; la ciencia teológica constituye la base de su
actividad doctoral de maestro y escritor.
Sin embargo,
el teólogo del siglo XIII, como el del siglo XVI, y como el de nuestros días,
debe apoyarse en un substratum metafísico, que la filosofía prepara a la
teología. De aquí que, en frase característica de Suárez, «para ser un buen
teólogo debe uno ser primero un buen metafísico». Y esto mismo nos explica la
necesidad, que experimentó Suárez, de estudiar a fondo y de transmitir luego a
sus oyentes por escrito los problemas de la Metafísica, entrelazados en un
sistema que a la vez que echa sus raíces en la tradición escolástica y
fundamentalmente en Santo Tomás, es una síntesis personal, a que imprime Suárez
el sello de su genio.
En otra
ocasión nos hemos ocupado detenidamente de la característica fundamental de la
Metafísica de Suárez, que, a nuestro juicio, consiste en su enraizada solidez
realista, que parte de lo concreto y existencial para elevarse hasta las
cumbres de la Metafísica: el realismo y la unidad de sistema son
características en Suárez. A través de toda la Metafísica sopla un aire de
solidez realista, y de síntesis profunda, que armoniza los inmensos materiales
acumulados por la erudición incomparable del maestro. Pero debemos señalar
todavía una característica, a la que no siempre se ha dirigido la atención, y
que, sin embargo, nos revela una faceta interesante de la obra filosófica de
Suárez: la filosofía de Suárez, y en particular sus Disputationes
Metaphysicae, se caracteriza por el ambiente esencialmente cristiano, que
constituye su primer fundamento y del cual se halla empapada hasta la médula.
Esta faceta de la Metafísica de Suárez ha sido modernamente subrayada en un
interesante artículo del profesor de Filosofía del Colegio Máximo de Boston
(Norteamérica) Hunter Guthrie. Efectivamente, afirma dicho
escritor, la Metafísica de Suárez tiene un sello profundamente cristiano, y
resuelve los principales problemas dentro de las tendencias propiciadas por el
cristianismo.
No significa
esto que Suárez confunda la filosofía con la teología. Cuidadosamente distingue
el dominio de la fe y de la razón. Pero dentro de la filosofía se oyen las
resonancias del teólogo, que lleva el filósofo dentro de sí mismo, y conforme a
las cuales puede llegar a orientarse en determinados problemas. Por esta
característica, la Metafísica de Suárez nos ofrece la garantía de una solidez
doctrinal paladinamente buscada, según insinúa él mismo en su prólogo a la
Metafísica.
La obra de
Suárez como legista es mucho más conocida. Pero debemos repetir que el
fundamento del sistema jurídico de Suárez estriba en su sistema metafísico, y
es a éste adonde debemos recurrir para explicarnos la estructura maravillosa
del tratado De Legibus.
En la primera
disputa Metafísica, Como hemos insinuado, ella constituye una
verdadera Introducción general a la Metafísica, tal como la
concebimos modernamente: una serie de problemas previos, que nos abren el paso
para el planteamiento y reconstrucción de los problemas centrales de la
Metafísica: tales son el objeto mismo de la ciencia, su método, su relación
respecto de las demás ciencias y la excelencia que como tal entraña ella misma.
Acerca de
cada uno de estos problemas, Suárez agota, según costumbre, la materia.
En la
asignación del objeto formal de la Metafísica, como siempre, sigue Suárez de
cerca a Aristóteles y a Santo Tomás, en los problemas que éstos ya hablan
planteado y resuelto. Va tejiendo un comentario del Estagirita, cuyos textos
ordena, y expone con inteligencia y máximo respeto, aunque no como argumento
decisivo.
Pero es
particularmente interesante el capítulo destinado al método que debe
prescribirse a sí misma la Metafísica. Suárez en este punto se adelanta
sorprendentemente a su tiempo y nos traza un análisis minucioso y una
valoración ecuánime y serena del conocimiento experimental, como vehículo de la
ciencia, que no dudamos maravillará a los lectores. La experiencia tiene para
Suárez su propio valor, que no está en pugna con el conocimiento
supraexperimental, antes, bien se armoniza con él de tal manera, que el
conocimiento empírico es indispensable para una sólida fundamentación de las
nociones abstractas, aun de la noción del ser y de sus primeros principios; y a
su vez, necesita de ellas, como de un punto de apoyo, en que en último término
estriba su preciso valor realístico.
Sin las
exageraciones de los nominalistas del siglo XIV, ni de los positivistas de los
siglos XVIII y XIX, que exaltaban hasta las nubes el valor del conocimiento
experimental desconociendo las funciones auténticas del raciocinio deductivo; y
sin las exageraciones de algunos escolásticos de menor nota y del racionalismo
del siglo XVII o del idealismo del siglo XVIII, que desconocen el propio valor
de la experiencia, Suárez ha sabido armonizar ésta con la razón, el
conocimiento material con el conocimiento espiritual, la intuición con el
raciocinio, salvando una vez más la antinomia, que a tantos genios ha desviado
hacia el uno o el otro de ambos extremos.
En lo que se
refiere a la relación de la Metafísica respecto de las demás ciencias, los
lectores hallarán un análisis inteligente y constructivo de las enseñanzas de
Aristóteles y Santo Tomás, enriquecidas con las propias sugerencias del Doctor
Eximio.
La
traducción se ha basado en el texto de la edición Vives. Ante todo se ha tenido
en cuenta la fidelidad al pensamiento original; se ha procurado unificar la
terminología, en lo posible, y dar una redacción que esté al alcance de todo
lector culto.
La teología
sobrenatural y divina se apoya, es cierto, en las luces de Dios y en los
principios revelados; pero, como se completa con el discurso y el raciocinio
humano, también se ayuda de las verdades que conocemos con la luz de la razón,
y se sirve de ellas como de auxiliares e instrumentos para perfeccionar sus
discursos y aclarar las verdades divinas.
Entre todas
las ciencias de orden natural hay una, la principal de todas -se llama filosofía
primera-, que presta los más importantes servicios a la sagrada teología,
no sólo por ser la que más se acerca al conocimiento de lo divino, sino también
porque explica y confirma aquellos principios naturales, que a todas cosas se
aplican, y en cierto modo aseguran y sostienen toda ciencia. Por esta razón,
aunque me hallo muy atareado con estudios y disquisiciones teológicas en orden
a mis clases y a mis libros, no puedo menos de interrumpir, o mejor, moderar un
poco el curso de los mismos, con el objeto de revisar y completar, por lo menos
a ratos libres, unos apuntes que años atrás hice para mis discípulos y dicté en
clase sobre esta sabiduría natural, de suerte que puedan ser de pública y común
utilidad.
En efecto,
aun tratándose de los misterios divinos, los axiomas metafísicos nos salen al
paso a menudo, y si de éstos no se tienen el debido conocimiento e
inteligencia, apenas, y ni siquiera apenas, se pueden tratar aquellos profundos
misterios con la seriedad que merecen. Por esta razón me he visto precisado
muchas veces a mezclar con las cuestiones sobrenaturales y teológicas otras más
elementales -cosa molesta a los lectores y poco útil- o, por lo menos, para
evitar este inconveniente, he tenido que exponer con breves palabras mi
parecer, exigiendo, por así decir, de mis lectores, me diesen sencillamente
crédito en el asunto, lo cual, a más de ser enojoso para mí, a los lectores no
sin motivo podría parecer inadecuado. Porque, tan trabados están con las
conclusiones y razonamientos de la teología estas verdades y principios metafísicos,
que si se elimina el conocimiento cierto y perfecto de los mismos es muy grande
el riesgo de ruina a que se expone la ciencia teológica.
Movido,
pues, por todas las razones dichas y por el ruego de muchos, determiné escribir
esta obra. En ella pienso incluir todos los problemas de la Metafísica,
siguiendo en su exposición el método que sea más apropiado tanto para abarcar
el conjunto de la materia, sin descuidar la brevedad, como para que sirva mejor
a la ciencia revelada. Por esto no será necesario dividir la obra en muchos
libros o tratados, pues podemos encerrar y agotar en corto número de disputas
todo cuanto pertenece a esta ciencia y a su objeto propio mirado bajo el
aspecto particular en que ella lo considera. En cambio, todo lo que toca a la pura
filosofía, o a la Dialéctica, aunque otros autores de Metafísica lo tratan
prolija y detenidamente, nosotros, en cuanto sea posible, lo dejaremos a un
lado como cosa ajena a esta ciencia. Pero antes de ponerme a desarrollar la
materia que estudia esta ciencia comenzaré, con el favor de Dios, discurriendo
sobre la sabiduría o Metafísica misma, y sobre su objeto, utilidad, necesidad,
atributos y funciones.
DISPUTA I
NATURALEZA DE LA FILOSOFÍA PRIMERA O METAFÍSICA
SUS DIVERSOS
NOMBRES: Para empezar, como es natural, por el nombre, son varios los que han
impuesto a esta ciencia, tanto Aristóteles como otros autores. En primer lugar
se la ha llamado sabiduría (Arist., lib. 1 de la Metafísica,
c. 2), porque estudia las primeras causas de las cosas, trata de las cuestiones
más elevadas y difíciles, y en cierto modo comprende a todos los entes.
Aristóteles la llama también prudencia (lib. 1 de la Met.),
pero este nombre no tiene importancia porque se le aplica sólo por cierta
analogía, en cuanto que, en el orden especulativo, esta sabiduría es lo que más
se apetece, cosa que, en el orden práctico, pasa con la prudencia.
En segundo
lugar, se la llama de un modo absoluto y como por antonomasia filosofía (Arist.,
lib. 4 de la Met., texto 5), y también (ibid., texto 4; y lib. 6,
text. 3) filosofía primera, ya que filosofía es
amor o afición a la sabiduría, y dentro del orden natural este deseo y afición
se orienta sobre todo a la adquisición de esta ciencia por ser ella la
sabiduría, y versar sobre el conocimiento de lo divino.
MISIÓN
INTELECTUAL: Francisco Suárez fue un intelectual en el
sentido más fuerte de la palabra: un hombre que se sintió responsable de todas
las cosas (de todos los asuntos humanos), y que trató de responder a la
totalidad de las cuestiones que afectan a la vida. El trabajo de la
inteligencia se percibe, en ese caso, como una misión grave y universal,
ordenada al servicio de todos los hombres, para ayudarles a conocer la verdad;
de ello depende que la humanidad viva según la verdad, y que sea feliz, o se
abandone al error, y pierda la alegría y la paz. Por eso cultivó la teología,
la filosofía, el derecho: la universalidad de sus intereses obedece a un
interés apasionado por el hombre, por su felicidad temporal y eterna.
Pero
la obrita a la que Báñez se refería, diciendo que andaba por Salamanca como
cosa pública, no es lo único que escribió Suárez en su lengua materna. Dos
meses antes de que la cuestión teológica quedase reservada al Papa, escribía al
cardenal Francisco Toledo, jesuita español, para que moviera al Santo Padre a
intervenir en el asunto, dado el escándalo general que causan estas
controversias y la gran importancia de ellas para las herejías de estos
tiempos. La carta es un testimonio de la importancia que Suárez atribuye a la
polémica y un resumen muy claro de su propia posición dentro de ella. Al punto
escribe:
El
punto principal de la controversia es el modo con que Dios determina nuestra
voluntad o concurre con ella a los actos libres así naturales como sobrenaturales.
Los P. P. dominicos enseñan que Dios determina físicamente la voluntad nuestra
con la suya eficaz, y de tal manera preveniente, que ultra de
los auxilios excitantes, inspiraciones, aprehensiones, etc., pone en nuestra
voluntad una determinación física ad unum,
con la cual no puede querer sino aquello a que la determinan, y sin la cual no
puede querer nada. Y esta determinación dicen unos de ellos que es una cualidad
distinta del acto, que llaman moción de suyo eficaz physice,
otros dicen que es el mismo acto de nuestra voluntad, ut est prior in nobis a solo Deo eiusque voluntate efficaci, quam sit a nobis.
Esta doctrina les ha parecido a los nuestros muy contraria a la verdad católica
de nuestro libre albedrío a lo que el Concilio Tridentino enseña de la gracia y
concordia de ella con nuestra libertad, y que en la causalidad del pecado
respecto de Dios tiene gran inconveniente, y otros que V. S. mejor entiende que
yo sabré decir. Y de esta diferencia que es la principal, han nacido otras.
El
planteamiento es breve y va directo al centro de la discusión. Identifica
premoción con predeterminación. Conoce las vacilaciones en el campo contrario y
sus razones. Se trata, a su parecer, de una filosofía incompatible con la fe.
Además, Suárez parece dar por supuesto aquí que el problema de la Concordia de
Luis Molina es
efecto del Concilio de Trento; en realidad, era para él un problema capital de
la teología católica, en cualquier tiempo, aunque específicamente agravado en
aquellos días por la obra de Lutero, Calvino y Bayo, que sostenía (como arriba
vimos) que la gracia de Dios es suficiente para la salvación y que arrastraba
consigo la tesis de que Dios con su omnipotencia, omnisciencia y voluntad
impenetrable decide quiénes habrán de salvarse y quiénes condenarse. Este
problema, el de la distinción entre la gracia suficiente y la gracia eficaz,
será el centro del debate.
TEOLOGÍA DE LA GRACIA Y
NOCIÓN DE NATURALEZA
Suárez
no es un filósofo puro como Descartes, sino un teólogo. Y ¿qué pretende la
teología? Ciertamente, es saber especulativo; pero no es el fin de sí misma. El
fin de la teología es el hombre, su salvación: la teología católica es
esencialmente soteriología. No existe para satisfacer el deseo del saber, sino
para llevar las almas al cielo, a Dios, su fin último. Por eso Dios es su
objeto de estudio principal, y de las creaturas trata en cuanto se refieren a
Dios como a su principio y fin; revelabilia, las llama Santo Tomás, esto
es, cosas, naturaleza, desde el punto de vista de Dios, y en orden a la
salvación humana. Si el hombre no estuviera ordenado a Dios como fin que excede
la comprensión racional, sólo existiría filosofía. Mas como está ordenado a
Dios, porque ha sido redimido y llamado a vivir en la intimidad divina, se le
han dado a conocer las cosas de un modo distinto.
La
revelación existe, pues, en razón de la redención de la humanidad y de la
consiguiente elevación de nuestra naturaleza al plano sobrenatural. Por esta
elevación, los actos que dimanan de nosotros pueden merecer un fin que excede
infinitamente a nuestra naturaleza: el conocimiento de Dios en sí mismo, tal
como Él se conoce, en lo cual consiste la suprema felicidad a la que gratuitamente
hemos sido llamados.
Redención
de la naturaleza humana caída por el pecado, y elevación de esa misma
naturaleza a un destino que la excede (en cuanto a su poder sobrenatural), son,
obviamente, operaciones de Dios, no del hombre. Esto último envolvería
contradicción. Es Dios quien toma la iniciativa para llevar al hombre a Él,
como fin sobrenatural. Para responder a la predestinación divina, a nuestro fin
sobrenatural, y para ser santificados por Él, que es lo mismo, es
imprescindible por nuestra parte un conocimiento previo: si el hombre debe
ordenar sus intenciones y acciones a un fin, debe conocerlo previamente, mas,
habiendo sido escogido y elevado a un fin que excede sus posibilidades
naturales, parece lógico que se requiera algún conocimiento que excede también
nuestras capacidades naturales. Esto es la revelación, en la que Dios da a
conocer al hombre cosas que por sí mismo no sabría nunca. Tanto por su origen
como por su significado, lo revelado es objeto de conocimiento propuesto al
hombre, pero inadecuado, porque excede a la investigación y a la comprensión
humanas: por eso sólo se accede a él por la fe. Como la revelación y como la
redención, la fe sobrenatural es un don de Dios: pertenece al orden de la
gracia; así llamado, precisamente porque la naturaleza no lo exige ni lo
merece, sino que es un don gratuito.
El
concepto de teología que tiene Suárez es el mismo de Santo Tomás. Es ciencia el
conocimiento obtenido por demostración: pero hay un doble orden científico (en
cuanto que toda demostración pende de principios primeros), a saber: la ciencia
natural, fundada en principios conocidos por la luz connatural a nuestro
intelecto, y la ciencia sobrenatural cuyos principios se fundan en una
inteligencia superior: su luz no es la nuestra, sino aquella con la que Dios se
conoce a sí mismo.7 Lo
revelado, en suma, hace el papel de los axiomas en las ciencias asequibles
mediante la sola luz natural. A su vez, la fe presta la adhesión intelectual
que se corresponde, en su orden, con la certeza de los primeros principios en
el orden natural.
Advertimos
así, en la noción clásica de la teología católica, que la fe es a la
inteligencia humana, lo mismo que la gracia es a la naturaleza. Ahora bien, es
un principio elemental de la misma teología que la gracia no destruye ni
suplanta a la naturaleza, sino que la supone y la perfecciona.
Por
eso, si la filosofía es la obra de la inteligencia humana, la teología no es la
obra exclusiva de la fe, sino de la inteligencia y la razón humana ilustrada y
sanada por la revelación y la gracia. La armonía de naturaleza y gracia
constituye, pues, a la teología: es su gran supuesto y su mismo método. Luego
es constitutivo de la teología católica entrañar una noción de naturaleza y aún
una filosofía. De modo que las escuelas teológicas son, más bien, escuelas
filosóficas: es el caso del suarismo.
La
perfección humana de la teología sagrada depende de la perfección de nuestro
conocimiento de la naturaleza. Bastará ahora con inquirir cuál es el concepto
suareciano de naturaleza para encontrar su originalidad filosófica. Pero
importa mucho que lo veamos incardinado en la teología, porque Suárez no tiene
una concepción aristotélica de la naturaleza, ni siquiera en lo concerniente a
la valoración de ésta al margen de la gracia.
Ahora
bien, ¿qué es lo específico del suarismo, como escuela teológica? La polémica
suscitada por la Concordia de
Molina se refiere a la gracia eficaz (¿cómo se hace eficaz la gracia: por la
sola iniciativa divina, o por la correspondencia humana?); y la polémica en
torno a la gracia eficaz entrañaba una cuestión filosófica, a saber: la de la
causalidad eficiente finita en su articulación con la causa primera. En suma:
he aquí dónde hay que ir a buscar la génesis interna de la filosofía
suareciana, en la teología de la gracia. De este modo, la teología de la gracia
suareciana, que no es otra cosa que el molinismo en su versión mitigada (que
afirma que para que la gracia suficiente de Dios se convierta en una gracia
eficaz requiere de la intervención humana vía libre arbitrio), encontrará un
concepto filosófico de la naturaleza, como sujeto apto de suyo para obrar, sin
ser movido por otro, y sólo con ciertos requisitos previos dados. A su vez, tal
noción de naturaleza, remitirá a la causalidad y, en particular, a la causa
libre, hallando en ésta su plena explicación. Suárez será así, el autor de la
síntesis molinista que es su síntesis teológico-filosófica.
LA TEOLOGÍA Y LA GRACIA: SCIENTIA CONDITIONATA
Según
la doctrina medieval clásica, existe sólo un único conocimiento simple y
universal en Dios. Este
conocimiento contiene formal y eminentemente todas las perfecciones de un
intelecto perfecto. Para explicar tal conocimiento de Dios, antes del siglo xvi
los teólogos dividían en scientia simplicis intelligentiae et scientia visionis.
Es
decir, Dios tiene conocimiento de simple inteligencia y de visión. El primer
tipo de conocimiento tiene como objeto a los eventos contingentes futuros
posibles. A través de él, Dios conoce las cosas que Antonio puede hacer si
viviera bajo cierta circunstancia. Este conocimiento es abstractivo, necesario
y natural, porque se basa en el conocimiento que Dios tiene de su propia
esencia divina. Y Dios no puede haber conocido lo contrario de lo que
actualmente Él conoce. Por eso también es llamado conocimiento natural (o scientia naturalis).
Además, es anterior a las decisiones de la voluntad de Dios. Este conocimiento
le permite a Dios conocer necesariamente de modo comprehensivo los posibles,
porque Dios conoce comprehensivamente su propia potencia y las creaturas en sus
seres posibles están en conexión necesaria con la potencia de Dios.9 El
segundo tipo de conocimiento, el de visión, tiene como objeto los eventos
contingentes futuros actuales o absolutos, como los llama Suárez. A través de
él, Dios conoce que Antonio de hecho vivirá en tal circunstancia y de hecho
pecará. También se le conoce como conocimiento libre, porque la existencia
futura de los eventos depende de la voluntad libre de Dios para crearlos en el
tiempo. Es subsecuente a las decisiones de la voluntad de Dios.
Pero
alrededor de 1588, Luis de Molina introdujo un tercer tipo de conocimiento: el
conocimiento medio o scientiamedia,
llamado así por estar en la vía entre el de simple inteligencia y el de visión
y por tener características de ambos. Suárez, sin embargo, prefiere las
denominaciones de: scientia quasi conditionis, scientia conditionalumcontingentium o
simplemente scientia conditionata.
Los
objetos del conocimiento condicional, según Suárez, son las proposiciones
verdaderas condicionales subjuntivas que significan eventos contingentes
futuros, los cuales ocurrirían si ciertas condiciones fueran actualizadas. A
través del conocimiento condicional, Dios conoce que Antonio pecará o pecaría
bajo la condición de que Él estuviera aquí hoy día. El conocimiento condicional
es anterior a cualquier determinación de los decretos de Dios, por eso se dice
independiente de la voluntad divina, y dependiente de las elecciones libres de
las creaturas. Tiene similitudes y diferencias con los dos tipos canónicos de
conocimiento divino. Al igual que el conocimiento de visión, el objeto del
conocimiento condicional es contingente, y al igual que el conocimiento de
simple inteligencia, es anterior a los decretos divinos. Pero difiere de ambos,
porque a través de él, Dios ve en su esencia y ab aeternitate no sólo las cosas
que un agente libre actualmente hará y posiblemente pueda hacer, sino también
las cosas que él haría en las infinitas circunstancias en las que puede ser
puesto. Más precisamente, Dios tiene conocimiento condicional sólo si conoce
todos los condicionales verdaderos acerca de futuros contingentes.
En
suma, de acuerdo con la teología de Suárez, Dios no sólo posee praescientia,
sino scientia conditionata. Es
la tesis que sostienen jesuitas novohispanos del siglo XVII como Antonio Núñez
de Miranda y Diego Marín de Alcázar, profesores de teología en el Colegio
Máximo de San Pedro y San Pablo en la ciudad de México: la scientia
conditionata representa un modelo de la mente divina, en particular un modelo
de las operaciones deliberadoras e hipotetizadoras del intelecto de Dios,
anteriores a sus operaciones creativas (Diego Marín de Alcázar). Y además:
Él
no sólo conoce por su praescientia lo
que cada creatura actualmente existente hará dada la circunstancia en que
actualmente se encuentra, sino que por su scientia conditionata,
Dios también conoce infaliblemente lo que cada creatura actual o posible haría
libremente en el orden infinito de circunstancias en que ellas puedan ser
puestas.
Así,
en virtud de dicha ciencia condicionada, Dios puede confrontar, en efecto, no
problemas de decisión bajo incertidumbre, ni problemas de decisión bajo
incertidumbre parcial, aliviado por su praescientia, sino problemas de decisión
con información perfecta.
En
síntesis, que la teología sea eminentemente especulativacientia simplicis intelligentiae et scientia visionis),
no es óbice para que tenga un fin práctico: llevar a los hombres a Dios. Para
ello, la scientia conditionata o
conocimiento medio es la ciencia de la realización de lo posible: es el campo
de la condición humana. De hecho, si es primordialmente especulativa, es porque
trata más bien de las realidades divinas que de los actos humanos, pues de
éstos se ocupa en cuanto por medio de ellos se ordena el hombre al conocimiento
perfecto de Dios, en lo que consiste la vida eterna.
Basándose
el conocimiento teológico en la ciencia que Dios tiene de sí mismo, es
perfectamente correcto afirmar que la eterna bienaventuranza y la ciencia
teológica perfecta son exactamente la misma cosa: Et hoc modo sacradoctrina est scientia; quia procedit ex principiis notis lumine superioris scientia; quae scilicet est scientia Dei etbeatorum. La
ciencia de Dios y de los bienaventurados, esto es, el conocimiento de la
realidad tal como lo tienen ellos, cuya bienaventuranza consiste precisamente
en conocer lo que Dios conoce y a su modo.
La
realidad de la gracia es como la causa formal de la teología, pues la
revelación y la fe teologal son gracias; asimismo la redención es una gracia y
la fuente de todas las gracias con las que Dios socorre al hombre. Así que toda
la revelación se ordena a la redención, como ésta a la salvación del hombre. A
su vez, la obra de la salvación resulta del mérito sobrenatural al que la
gracia eleva los actos humanos. En suma, la bienaventuranza eterna, a la que el
hombre está llamado después del sacrificio redentor de Cristo en la cruz, y por
virtud de Él, es la causa formal y final de toda la ciencia teológica, la cual,
consumada, es lo mismo que el Dios redentor y santificador pretende.
Por
eso, si se considera la gracia como una parte de la teología, cuyo objeto
adecuado es Dios, necesariamente debe considerarlo como su objeto principal y
su fin próximo; mas como no lo alcanza según una razón absoluta, sino en cuanto
guarda cierta relación con las creaturas, lo designamos con el nombre de
santificador.
Cuál
sea la importancia del estudio de la gracia, se sigue de la siguiente cadena
que el mismo Suárez establece: la gracia es el fundamento de la santificación y
causa de la gloria, y es un don sobrenatural, que sólo por la fe se puede
conocer, que perfecciona el conocimiento de Dios, que es lo que la teología
pretende; pues una de las obras más importantes de Dios es la justificación
gratuita de los hombres, por medio de la gracia. Por lo cual, el conocimiento
de la gracia divina ilustra admirablemente el conocimiento de casi todos los
atributos divinos.
El
grado de dignidad que la doctrina de la gracia tiene dentro de la teología es,
pues, extraordinario tanto por su valor en orden al conocimiento de Dios,
cuanto por su utilidad. Todo esto son razones perennes. Mas había otra razón
urgente que convertía a la teología de la gracia (de suyo causa formal y final
de la teología entera) en el centro de interés y raíz de toda la concepción
teocéntrica del hombre, en el siglo xvi: las herejías modernas.
Suárez
nunca las pierde de vista. Han planteado las más graves cuestiones a los
doctores católicos de esta edad, y así lo expresa:
Esta
misma cuestión ha ocupado seriamente a los doctores católicos de esta edad;
primero, porque contienen potencia suficiente para destruir toda la vida y la
visión cristiana del hombre. Esta misma cuestión ha ocupado seriamente a los
doctores católicos por amor a la sana doctrina, cuando han visto principalmente
a los herejes de esta época que, con excusa de ampliar la gracia (la gracia es
suficiente para la salvación), suprimen nuestra libertad y no dejan nada a la
gracia: pues si la libertad cae, no puede sostenerse la gracia, ya que como
dijo justamente San Bernardo: Tolle liberum arbitrium, non erit quod salvetur; tolle gratiam, non erit unde salvetur[Suprime
el libre arbitrio, no habrá qué salvar; suprime la gracia, no habrá de dónde
salvarse];16 en
segundo lugar, porque exagerando el papel de la gracia hasta negar la necesidad
de la misma, han dejado el camino verdadero tan estrecho para los católicos
que, aunque se esfuercen por andar derechamente por medio, no es de extrañar
que parezcan desviarse a derecha o izquierda, según se expresen.
LA NATURALEZA COMO SUJETO DE
LA GRACIA
En
la Ratio et Discursus totius Operis que
encabeza las Disputationes Metaphysicae declara
Suárez la razón que ha tenido para, suspendiendo por el momento sus
investigaciones teológicas, entregarse a la elaboración de la metafísica. Sus
trabajos como teólogo consistían por entonces en la redacción de sus
comentarios a la SummaTheologica de
Santo Tomás. El hecho parece sugerir la necesidad deliberada de separarse de
toda sujeción al texto de la metafísica de Aristóteles, cuyo orden, o mejor,
desorden, le parecía encerrar muchos inconvenientes. Preséntase modestamente
como un teólogo de profesión que, por la necesidad de enseñar, debía establecer,
de una vez para siempre, los preámbulos metafísicos de su teología. En
realidad, conoce tan bien la filosofía medieval, que un especialista de
nuestros días le envidiaría. Suárez ha dicho callando que el germen de su
filosofía es una cuestión que afecta gravemente a la fe y la piedad, por lo que
se ve obligado no sólo a tratar toda la metafísica bajo una forma objetiva y
sistemática, sino a precisar el vocabulario filosófico tradicional en la
escuela, con un rigor y una claridad que no se encuentran en sus predecesores.
Lo que Suárez dijo del ser y de su relación con la existencia va a tener tanta
repercusión en la ontología moderna, que mucho lamentamos no tener que
abordarlo en este trabajo, puesto que trataremos otra grave cuestión: la
naturaleza como sujeto de la gracia.
Existe
una tesis en el suarismo que se afirma sólo como más probable, y ello en razón
de la autoridad de Santo Tomás y en beneficio de la fe; se trata de la
distinción real de las facultades, entre sí y con respecto al alma. Suárez vio que
era necesaria esa distinción, en filosofía, para preservar la diferencia real
entre el intelecto y la voluntad (que es lo mismo para él, que preservar la
libertad de la voluntad), y en teología para fundar la distinción entre la fe y
la caridad. No obstante, la tesis tiene valor de probabilidad, que se justifica
por la coherencia de la doctrina, pero no goza de evidencia, porque Suárez no
admite la composición entitativa de acto y potencia y, por eso, ningún
argumento aristotélico-tomista le parece demostrativo. Se
podría mostrar que este postulado del sistema se parece a la misma tesis
molinista, en cuanto que ambas se necesitan mutuamente, son principios
indemostrables, y ejemplifican la relación del suarismo con el tomismo.
Para
un pensador jesuita del siglo xvi, pero más que ninguno para Francisco Suárez,
la definición molinista de la libertad era el puntal más firme en la defensa de
la fe y la piedad católica (tan alejadas del fatalismo como del
sentimentalismo). Ahora bien, toda la Disputación xix se funda en esa
definición, la defiende y la explica. Esta disputación, a su vez, atrae hacia
sí todo el tratamiento de la causalidad, esto es, inmediatamente la causalidad
eficiente en general (Disputación xvii), la causalidad segunda (Disputación
xviii), la causa primera con la causa segunda (Disputas xx, xxi y xxii);
también la Disputación xii, sobre la causalidad en general, está atenta a la
noción de causa instrumental como completa en su orden y al rechazo de una
noción de causa instrumental como subordinada in causando a la
causa principal.
A
través de la causalidad eficiente, que es el primer analogado de la causalidad,
en Suárez, la causa segunda libre, entendida como quiere el molinismo, es
aquella piedrecita echada en la solución saturada que va organizando en torno a
sí todos los materiales, hasta hacer de ellos una estructura hermosa,
coherente, que manifiesta la sabiduría del Creador.
La
noción de libertad, subsidiaria de la teología de la gracia, es un tema
metafísico al que Suárez consagra ingentes esfuerzos. Por ello, en lo sucesivo
intentaré demostrar que la libertad no tiene sólo una prioridad vital,
subjetiva, sino que es temáticamente, uno de los principios fundamentales que
animan y guían la metafísica suareciana, hasta convertirse en prácticamente su
verdadera causa formal.
NOCIÓN DE NATURALEZA
La
noción suareciana de naturaleza depende de su noción de libertad; pero ésta a
su vez, se define en función de la gracia. En ello consiste el teologismo
suareciano. Naturalmente, el teologismo impregna la síntesis de Suárez, en la
misma medida en que la genera.
En
vano se buscará en las Disputaciones Metafísicas una
justificación física de la doctrina del acto y la potencia, es decir, un
análisis del ser cambiante. Y sería una petición de principio responder que tal
estudio está de más en la metafísica, por ser una cuestión y una doctrina meramente
física. El hallazgo de la composición real de acto y potencia lo hizo
Aristóteles en la física, extendiéndolo a la metafísica, siendo Santo Tomás quien
le diera pleno alcance trascendental, al identificar el ser con el acto. La
omisión suareciana del ser cambiante es tautológica (por así decir); no se
trata de un olvido sino de un explícito rechazo. Las Disputaciones omiten
la presentación y tratamiento del problema del ser cambiante, exactamente por
la misma razón que omiten, sistemáticamente, dar razón de su noción de ente
real como pura actualidad. El suarismo se ha atrincherado, históricamente, en
este círculo: se llama real a la cosa o ente completo. Luego, composición o
distinción real de acto y potencia no sirven para explicar la constitución del
ente finito en cuanto ente, pues, en cuanto tal, exige la unidad esencial o
constitutiva. A su vez, la distinción real se concibe como distinción entre
cosa y cosa porque, de antemano, no hay una distinción real que sea
constitutiva de la cosa en cuanto tal.
Todo
lo cual supone una noción de ente en cuanto ente; es decir, el lector aborda un
tratado de metafísica que verbalmente se declara aristotélico, pero se
encuentra desde el principio dentro de una síntesis perfectamente coherente,
cuya coherencia se basa en el rechazo de la physis aristotélica, sustituida por
otro principio no explícito. He aquí, pues, la disidencia tácita en las Disputaciones: la
noción suareciana de naturaleza, que no es aristotélica. Por haberlo ignorado,
el ente suareciano ha resultado incomprensible para muchos. Una metafísica
doblemente oculta en sus supuestos: la física o cosmología, que es
antropología, en primer lugar; y ésta, a su vez dependiente de la teología
molinista de la gracia.
No
encontramos en la metafísica suareciana una cosmología, ni un estudio del
devenir que fundamente la doctrina del acto y la potencia. En su lugar, se
halla la causalidad, que goza de evidencia inmediata, testimoniada por los
sentidos. Nada es más evidente para Suárez, que la existencia de cambios, de
eficiencia causal, de causalidad en general y de actividades espontáneas y de
actos voluntarios. Nada de eso es objeto de discusión. Y todo ello parece ser
una misma cosa. El cambio es la acción, y que las sustancias actúan es obvio.
Ahora
bien, la acción puede ser necesaria o libre; la primera, común a todos los
seres, tampoco es objeto de discusión, pues es evidente que actuamos. La controversia
máxima existe solamente acerca de la libertad de albedrío humano.
La
libertad de la naturaleza humana, o bien, la naturaleza que obra libremente,
ocupa en la filosofía suareciana el lugar propio del cambio en la física
aristotélica. En otras palabras: de la libertad de albedrío humano deriva en
Suárez el verdadero constitutivo formal de la naturaleza, puesto que su punto
de partida teologista impone la consideración preferente (y aun excluyente) de
la naturaleza humana.
Si
todo esto es así, tenemos el enclave temático para abordar la génesis de la
metafísica suarista: la naturaleza de la libertad.
LIBERA NATURA, GRATIAE
FUNDAMENTUM
Aun
en estos confines del mundo se ha sabido que mis opúsculos habían llegado a
manos de Vuestra Santidad y no le habían desagradado del todo, escribía Suárez
en una carta a Clemente VIII, el Papa que llevó a Roma la polémica española De Auxiliis. Se
refería a su libro Opuscula Theologica,
publicado en Madrid en 1599, pero cuyos tres primeros tratados habían sido
redactados como documentación para el proceso que se llevaría a cabo en Roma, y
salieron de España en 1597 por barco. Clemente VIII estudiaba, en efecto, la Concordia de
Molina y losOpuscula de
Suárez.
El
prólogo de esta obra tiene algo importante en común con el ya citado del
tratado De Gratia Dei, a
saber: la referencia a San Agustín como autoridad doctrinal primera que se
ocupó del asunto. En el de la primera edición, salida durante la controversia,
declaraba Suárez:
He
leído y releído atentamente las obras de este gran doctor; en todos los
escritos en que trata de esta materia; lo he hecho con la firme voluntad de
conocer lo que pensó, y luego de conocerlo, de pensarlo como él. Pues bien, no
he hallado en cuanto dijo, ni he podido deducir de lo que dijo, otra cosa que
lo escrito en mis tratados De Auxiliis.
Suárez
insiste que le mueve a escribir la caridad, no el ánimo de contradecir; por eso
se ha esforzado en imitar el ejemplo de San Agustín. Pero más nos interesa aquí
el hecho de que en ambas grandes obras se tome al doctor africano como primera
y principal autoridad doctrinal. Autoridad no sólo teológica, sino también
filosófica. En efecto, la cuestión que se plantea es filosófica, por la misma
razón que es teológica. Pero un pequeño error filosófico (escribe Suárez) puede
ser semillero de las peores desviaciones teológicas; por eso, aunque nos
propongamos tratar de la gracia eficaz, es imprescindible el tratamiento de la
causalidad con que concurren la causa primera y de la libertad, pues son
asuntos con los que se mezcla la doctrina de la gracia.
Esto
es así porque la naturaleza libre es el fundamento de la gracia, así como la
gracia es la salud y perfección de la naturaleza. Por eso, el estudio de la
gracia supone el de la naturaleza; y también por eso, gracia y naturaleza, esto
es, gracia y libertad, suelen juntarse no sólo en el tratamiento, sino incluso
en el título de los libros. Ya San Agustín, en efecto, escribió uno titulado De Natura et Gratia y
otro De Gratia et libero arbitrio.
LA LIBERTAD
Es
comprensible que para un teólogo la naturaleza no sea algo anónimo, ni un
objeto de especulación gratuita, sino la naturaleza humana; y ésta en cuanto
redimida y llamada por la gracia, a la salvación. Cuando consideramos la
naturaleza humana bajo el prisma de la teología de la gracia, en cuanto llamada
a la gloria, se ponen en primer plano, ante nuestra atención, su grandeza y su
debilidad. Grandeza a la que está llamada, y para la que existe en ella una
potencia obediencial; debilidad constitutiva, pues si la gracia no informa
nuestros actos, éstos nada valen en orden a la salvación y la glorificación.
Ésta es la visión específicamente judeocristiana del hombre; sólo en ella el
ser humano se destaca de la naturaleza, como un anónimo e impersonal uno y todo.
Para entrar en relación, no puede la naturaleza exigir la amistad de Dios, su
intimidad, sin abolir implícitamente su heteronomía, esto es, su misma
condición de creatura. Además, en este caso, ni la misma noción de Dios
subsistiría; un absoluto con el que hay relaciones reguladas según necesidades,
vuelve a ser el todo impersonal.
No
habiendo libertad, tampoco es menester la gracia sobrenatural; de modo que
arruinan la dignidad humana. Por eso, la principal dificultad en la doctrina de
la gracia, reside en esta pregunta: ¿cómo se concilian la necesidad de la
gracia y la libertad de nuestro albedrío? La ignorancia de esta Concordia, dice
Suárez, ha sido la raíz y el origen de casi todos los errores que en esta
materia ha habido. Luego es imprescindible, antes de abordar el estudio de la
gracia, conocer lo que significa el nombre de libre arbitrio.
He
aquí, pues, la primera dificultad: ¿qué es libre albedrío? Si no se entiende
bien el significado de este término, tampoco puede entenderse la necesidad ni
la esencia de la gracia. Con esta pregunta, la teología obliga filosofar. En
efecto, la fe, aparte de afirmar dogmáticamente que el libre albedrío existe y
que no es meramente pasivo ante el influjo de la gracia, sino que tiene en su
mano corresponder a ella o rechazarla, apenas dice nada más. El resto debe
hacerlo la razón. Y es labor tan importante que, si ella fracasara o fuera
imposible, la teología misma quedaría sin objeto.
RESUMEN
DE LA METAFÍSICA DE FRANCISCO SUAREZ
Aunque
su actitud metafísica era aun básicamente tomista y aristotélica, es preciso
subrayar que su pensamiento sobre el ‘ser’ comprende el ser real, no sólo el
ser de conceptos abstractos, si bien su concepción de la realidad material está
tratada desde una óptica puramente metafísica y no desde la física o desde la
matemática. En este sentido cabe señalar que su pensamiento no se dejó
involucrar demasiado en la nueva actitud hacia el conocimiento que ya se daba
en su época.
Las
cincuenta y cuatro "disputaciones" o discusiones de su metafísica se
pueden dividir en tres partes: la concepción del ser (o ente), el ser como
causalidad y las divisiones del ser. En la investigación sobre el ser se
analiza la doble dimensión de su concepto formal y su concepto objetivo.
Mientras que el concepto formal es un proceso psicológico de conocimiento (o de
captación), el concepto objetivo muestra la esencia real del ente o ser. La
esencia real no es una mera elaboración de la mente; esencia real es toda
esencia "apta para existir" e implica toda la entidad de cada cosa
sin que la existencia pueda aportar algo distinto. Pensar una esencia que no
pueda existir no es pensar en una esencia real, sino en un "ser de
razón".
Seguidamente,
para que los entes inferiores sean concebidos como tales tiene lugar un proceso
de "contracción", por el cual el concepto del ser se hace más preciso
y determinado; de esta manera, una cosa se concibe de modo más expreso. En este
punto se encuentra la idea de "analogía", una idea fundamental que
contraría el concepto de univocidad tan extendido entre escotistas,
nominalistas y otras corrientes de su época. En el problema de la
individuación, en cambio, sí se alineó con Ockham y los nominalistas, y se
opuso al tomismo al afirmar que toda singularidad se hace tal "por su propio
ser o entidad", una diferencia específica que no recurre a nada ajeno a
ella.
Antes
de tratar las divisiones del ser, Suárez se detiene muy extensamente en la
doctrina de las causas; de entrada, Suárez se presenta como un gran defensor
(acaso el último) de la causalidad ontológica: el ser del efecto es infundido
por el ser de la causa. En el análisis de esta causalidad añade una modalidad
de causalidad algo particular: la causalidad por "resultancia" (o
resultado). La causa plena produce un efecto con una realidad que necesita ser
producida por "resultancia" natural; así, por ejemplo, la figura es
resultado de la cantidad material.
Otro
terreno básico en cuanto a la causalidad es el del "acto virtual",
especialmente interesante, puesto que no es el principio aristotélico sobre la
potencia y el acto. Suárez sostiene que hay facultades suficientes que pueden
pasar al acto sin necesidad de un principio exterior; esto es lo que significa
estar en "acto virtual". Esta idea es fundamental por su incidencia
en las acciones de la voluntad y de la libertad, y fue adaptada en teorías
posteriores, como las del "innatismo virtual" de Descartes.
A
partir de la disputación XX Suárez reflexiona sobre la "causa primera o
increada", o sea, la causalidad de Dios. La causa primera será, para toda
su filosofía, el origen y fundamento de toda su causalidad. Tras demostrar la
realidad de la creación (primera línea de la causalidad de Dios) y su
exclusividad en el Ser supremo, recurre a la fe para cerrar la argumentación
(en la tercera parte general desarrollará las argumentaciones sobre el ser
infinito) y abre la puerta a la polémica creación ab aeterno.
Antes
del final de la segunda parte, trata la "conservación" (XXI) y el
"concurso" (XXII). El "concurso" fue una polémica muy viva
en su momento, especialmente en cuanto a las causas libres. Suárez mantiene, efectivamente,
el "concurso" o cooperación de la causa primera (Dios) en la libertad
del hombre, pero aclara que se trata de un concurso indiferente, es decir, un
concurso que da vía libre (no determinante) a la potencia de la decisión de
actuación. En la última disputación sobre las causas añade la "causa
ejemplar" como novedad a las cuatro causas aristotélicas (material,
formal, eficiente y final), la cual, no obstante, acaba por reducir a una
manera de la causa eficiente.
Después
de acabar la doctrina de las causas pasa a la división del ser en infinito y
finito. Esta división es reconocida por el autor bajo diferentes conceptos y
nombres, todos ellos divisiones de ser en Dios y criaturas, una ordenación que
abarca el ámbito total del ser y permite establecer una jerarquía en la
realidad total. En el estudio del ser infinito intenta demostrar la existencia
de Dios recurriendo a los argumentos a posteriori, núcleo destacable por su
rechazo de la primera vía de Santo Tomás (la referida al movimiento: "omne
quod movetur ab alio movetur", todo lo que se mueve es movido por otro), a
la que consideraba demasiado insegura, precisamente, por recurrir a argumentos
físicos; Suárez creía que probar la existencia de Dios obligaba necesariamente
a recurrir a argumentos exclusivamente metafísicos.
Tras
demostrar su existencia con razones que se reducen al principio de causalidad
("omne quod fit, ab alio fit"), Francisco Suárez procede a considerar
la naturaleza de Dios. El Creador infinito es ser perfectísimo, pero no posee
todas sus perfecciones del mismo modo, sino que las puede poseer
"formalmente" (las que no son limitadas ni imperfectas) y de
"modo eminenti" (las que pertenecen a una cierta categoría). En
cuanto al conocimiento de Dios sobre la realidad (uno de sus principales
atributos), muestra Suárez su ciencia sobre los seres existentes, los posibles
"absolutos" y los "futuros condicionados", que son
conocidos por Dios con la "ciencia media", concepto central en su
obra tomado del pensamiento jesuita.
Por
su parte, el ser finito es categorizado en dos grandes grupos, el constituido
por la sustancia y el compuesto por los accidentes. Entendida la sustancia como
el existir en sí, asume las divisiones de sustancia tradicionales (completa e
incompleta, primera y segunda) y estudia a fondo la sustancia primera entrando
a contemplar el problema de la "persona", una sustancia dotada de
racionalidad y "moralizado" por la subsistencia (la subsistencia
añade un modo de existir).
Es
importante, una vez contemplada la diputación de los "accidentes", la
diferenciación entre éstos y el concepto y uso que hace de los modos (apuntados
a lo largo de todo su tratado), así como su relación entre los dos: modo como
clase especial de accidente. La última disputación de la obra está dedicada al
"ente de razón", aquello que "tiene ser, objetivamente, sólo en
la mente"; por ello, el ente de razón no posee esencia como los
accidentes, aunque presente alguna analogía con el ser. Este apartado es
reseñable, en suma, por el espacio de actividad creadora que otorga su autor a
la razón.
Para
Francisco Suarez la Metafísica no busca el conocimiento de la verdad con miras
a la acción; por consiguiente, la busca por sí misma, ya que entre ambas
posibilidades no se da medio. El antecedente lo prueba Aristóteles con un doble
signo: primero, el hecho de que los hombres dieran los primeros pasos en esta
ciencia movidos por la admiración y la ignorancia de las causas, y
consecuentemente la estudiaran por el conocimiento, y no en orden a ninguna
otra actividad; segundo, que los hombres se entregaran a esta ciencia cuando ya
disponían de todo lo necesario para la vida, y, por tanto, no lo hicieran para
sacar alguna utilidad distinta, sino sólo para evitar la ignorancia, y en
consecuencia por el conocimiento mismo de la verdad.
Las
disputaciones metafísicas en una de las primeras obras en que se expone la
metafísica sin sujetarse al texto aristotélico. Se trata de un tratado
sistemático en que se procura precisar al máximo el vocabulario escolástico.
Para Suárez, la metafísica trata de determinar el concepto objetivo que
corresponde a la noción de ente en cuanto ente. El concepto formal es el acto
por el cual el entendimiento concibe algo. Lo que se ofrece al entendimiento en
el concepto formal es el concepto objetivo. Ese concepto objetivo tiene un ser
objetivo (de aquí tomará Descartes el “ser objetivo” de las ideas). Para Suárez
conocemos por la inteligencia primero los singulares, luego se abstrae la
naturaleza común de los singulares, separando la esencia de la existencia; y
por fin, por sucesivas remociones formales se llega a la noción abstracta de
ente. Los singulares son objeto de conocimiento intelectual directo.
En
las Disputaciones nos encontramos con un concepto unívoco de ente, aunque con
diversos grados de precisión. El ente como participio designa lo actualmente
existente. El ente como nombre designa no sólo lo que posee la existencia, sino
lo que puede poseerla. En este sentido ente y cosa es como si fueran sinónimos.
La
intuición básica y originaria de Suárez es ver el ente como esencia: es posible
expresar todo lo que el ente es en términos exclusivos de esencia. El ente real
es una esencia plenamente actualizada a la que nada le falta. Las demás tesis
metafísicas se derivan de este punto de partida. Por lo tanto, la existencia es
aquello por lo que formal e intrínsecamente una cosa existe en acto, aunque no
es propiamente causa formal. En las criaturas hay una cierta distinción entre
esencia y existencia, en el sentido de que la esencia pasa de posible a actual
sólo por la causalidad divina. Suárez no acepta ni la distinción real entre
esencia y existencia de Tomás de Aquino, ni una distinción de razón. Se inclina
por una distinción modal. No ve la distinción real porque ésta solamente se ve
cuando se descubre el ser como acto de todos los actos. La eliminación del ser
por existencia y su reducción a esencia es consecuencia de afirmar la esencia
como ajena a todo lo no conceptualizable y como objeto de la idea.
CRITICA
CRITICA
Francisco Suarez fue un sacerdote de la compañía de Jesús el cual
fue teología, filosófico y jurista es un sacerdote que tiene un pensamiento filosófico
sin nunca perder su concepción del dios verdadero, más bien un pensamiento que
ayudara a explicar cierto enigmas que rodeaban al hombre de su tiempo y a las
hombre actuales.
Su pensamiento metafísico nos dice que la
esencia reales ( y existencia) su pensamiento se especifica mucho mas
sobre todo con él se real y no con el conceptual buscaba desarrollar siempre el
pensamiento de lo que no se ve si no lo que es inmaterial buscaba esos enigmas
tan raro del hombre como lo es el alma, que para todo los filósofos es el
compuesto de lo material de todo ser humano, pero que para muchas personas es
un invento de la iglesia y de muchas corrientes.
Además las sustancia que componer nuestra ida
no se debe definir solamente entre infinito y finito, es decir que es de si
mismo y es que es de otro, ósea que lo que tenemos es de nosotros pero no, no
los llevamos es una visión muy clara de la experiencia transcendental de vida a
la muerte pues todo lo que tenemos le queda a otros, es ver que nada de lo que
adquirimos es nuestro sino más bien será del que los reciba.
Su metafísica este resumida en la concepción
del ser, el ser como casualidad y la división del ser, la cual si le damos una visión
cristiana Dios nos da una concepción clara a cada uno de nosotros ademad, somos
casualidad de Dios no más bien somos los elegidos y somos divididos de forma
clara y como el quiere el bien, ósea que la metafísica de francisco es una visión
del Dios creador.
Para finalizar nos invita a un uso de la libertad
con responsabilidad la cual sea guiada mediante el respeto por lo demás seres,
de este modo construiremos una sociedad llena de principios y bases lógicas y
verdaderas.
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