METAFÍSICA DE SANTO
TOMÁS DE AQUINO
LA
TEORÍA DE LA ESENCIA Y LA EXISTENCIA
La
metafísica aristotélica conduce a una interpretación del mundo difícilmente conciliable
con el cristianismo: El mundo es eterno y está compuesto de una multiplicidad
de sustancias que, en cuanto tales, tienen la misma entidad. ¿Cómo conciliar la
eternidad del mundo con la creación? ¿Cómo conciliar la identificación del ser
con la sustancia con la afirmación de que hay una sustancia suprema, y
radicalmente distinta de todas las demás?. La distinción que ya había
establecido Avicena entre la esencia y la existencia será la respuesta que
buscará santo Tomás: Además de las estructuras anteriormente citadas, y basada
especialmente en la teoría del acto y la potencia, habrá que distinguir en cada
sustancia la esencia de la existencia. La esencia está respecto a la existencia
como la potencia respecto del acto. Lo que una cosa es, su esencia, puede ser
comprendido independientemente de que esa cosa exista o no; e independientemente
de su existencia o no, la esencia se mantiene inalterable siendo lo que es.
Por
ejemplo, comprendemos lo que es un hombre independientemente de que existan o
no hombres, y lo mismo con cualquier otra sustancia. La esencia sería, pues,
una cierta forma de ser en potencia: para existir tendría que ser actualizada
por otra entidad que le diese la existencia, ya que nada puede ser causa de su
propia existencia. Por lo tanto, todas las cosas que existen son un compuesto
de esencia y existencia. En ese sentido son contingentes, es decir no tienen en
sí mismas la necesidad de existir, pueden existir o no existir. ¿De dónde les
viene, pues, la existencia? Ha de proceder de otra sustancia que exista
eminentemente, es decir, de una sustancia cuya esencia consista en existir y
sea, por lo tanto, un ser necesario: Dios. Se establece así una distinción o
jerarquía entre los seres: Los contingentes, los que recibe su existencia; y el
ser necesario, aquel en que la esencia y la existencia se identifican.
Todo
aquello que no está incluido en el "concepto" de una esencia debe
llegarle del exterior y adaptarse a ella, ya que una esencia no puede ser
concebida sin sus partes esenciales. Por tanto, toda esencia o "quiddidad" puede ser captada por la
razón sin que la existencia lo sea igualmente. Yo puedo comprender lo que es un
hombre o un fénix e ignorar si uno u otro existen en la naturaleza de las cosas.
Está claro que la existencia es algo muy distinto de la esencia. Luego todo lo que conviene a una cosa, o se
deriva de los principios de su naturaleza (como la capacidad de reír en el
hombre), o bien proviene de un principio extrínseco, como la luminosidad de la
atmósfera depende del sol. Es imposible que la existencia de una cosa proceda
de su naturaleza o de su forma, es decir, proceda a título de causa eficiente.
En ese caso, una cosa se convertiría en su propia causa, se produciría a sí
misma, lo cual es imposible. Es necesario que toda realidad, en la que la
existencia es distinta de la esencia, haya recibido de otro esta
existencia."
La
concepción de la esencia se modifica con respecto a la concepción aristotélica:
para Aristóteles la esencia venía representada exclusivamente por la forma; para
Sto. Tomás la esencia de los seres contingentes comprende también la materia, y
la esencia de los seres espirituales se identifica exclusivamente con la forma,
ya que carecen de materia. Se establece pues una separación radical entre Dios
y el mundo, haciendo del mundo una realidad contingente, es decir, no necesaria,
y que debe su existencia a Dios, único ser necesario. Por lo demás, en la
medida en que la existencia representa el acto de ser se establece una primacía
de ésta sobre la esencia. Esta identificación del ser con la existencia le
permitirá a Sto. Tomás hablar de seres constituidos por formas puras, como los
ángeles y Dios, distinguiéndose en que los ángeles reciben también la
existencia de Dios. Le es posible, entonces, admitir sustancias inmateriales,
lo que desde una posición estrictamente aristotélica resultaría difícilmente
sostenible.
LOS ELEMENTOS PLATÓNICOS DE LA METAFÍSICA TOMISTA:
LOS ELEMENTOS PLATÓNICOS DE LA METAFÍSICA TOMISTA:
La
distinción entre la esencia y la existencia podría bastar para dar una
explicación jerárquica de la realidad, partiendo de Dios como ser necesario. Sin
embargo santo Tomás recurre a la teoría neoplatónica de los grados del ser,
estableciendo una jerarquía que va de los seres inanimados a Dios, pasando por
los seres vegetativos, los sensitivos y los racionales, en el mundo material, y
por los ángeles en las esferas celestes.
Recurre
también a las teorías platónicas de la participación y la causalidad ejemplar: Los
seres contingentes reciben la existencia de Dios, por lo que su existencia
participa de alguna manera de la existencia de Dios, el único ser necesario, lo
que conduce a Sto. Tomás a similares dificultades a las que la teoría de la
participación había conducido a Platón, aunque ahora en un plano más
estrictamente teológico.
La
consideración de Dios como causa ejemplar, teorizada por San Agustín, según la
cual las Ideas de todas las cosas están en la mente de Dios, es parcialmente
aceptada por santo Tomás, a través de su interpretación "analógica"
del ser. En la medida en que todas las sustancias reciben la existencia de
Dios, el ser no les pertenece propiamente sino que lo tienen por analogía con
Dios; y lo mismo ocurre con las demás perfecciones.
LA TRADICIÓN TEOLÓGICA Y LA
EXISTENCIA DE DIOS
LA TRADICIÓN TEOLÓGICA Y EL
TOMISMO: Santo Tomás se encontrará con un relativamente amplio desarrollo del
pensamiento filosófico (aún al servicio de la fe) y con una nueva explicación
de la realidad (el aristotelismo) que se había desarrollado en Europa
recientemente y era conocida como "averroísmo latino". Hasta entonces
la filosofía occidental se había mantenido en el marco de la tradición
platónica, en un intento continuado de fusión del platonismo con el
cristianismo, mediatizado por la versión dada ya por San Agustín. Santo Tomás
romperá parcialmente con dicha tradición adoptando el aristotelismo como base
de su pensamiento filosófico.
Romperá también con la tradición al adoptar una nueva postura respecto a
las relaciones entre razón y fe. La filosofía no será concebida ya como la
simple "criada de la teología". Es cierto que la verdad es una, pero
para Sto. Tomás no es menos cierto que la razón tiene su propio ámbito de
aplicación, autónomo, dentro de esa verdad única, al igual que ocurre con la
fe. Y, cada una en su dominio, es soberana. Establece, pues, una distinción
clara entre razón y fe, entre filosofía (dominio de la razón) y teología
(dominio de la fe) tanto en virtud de su método, como por su objeto de estudio
y su ámbito de aplicación. Pero tampoco excluye la colaboración entre ambas, y
aún una cierta sumisión de la razón a la fe en las cuestiones en que la razón
no pueda definirse.
Así, tanto la adopción del aristotelismo como su concepción de la
naturaleza de la relación entre razón y fe, conducirán a Sto. Tomás al
desarrollo del "realismo filosófico", replanteando de un modo
radicalmente nuevo numerosas cuestiones que hasta entonces se habían
considerado ya decididas.
LA EXISTENCIA DE DIOS: Por lo que
respecta la existencia de Dios Sto Tomás afirma taxativamente que no es una
verdad evidente para la naturaleza humana, (para la razón,) por lo que, quienes
la afirmen, deberán probarla. La existencia de Dios, nos dice, es evidente
considerada en sí misma, pero no considerada respecto al hombre y su razón
finita y limitada. Tanto es así que ni siquiera las diversas culturas o
civilizaciones tienen la misma idea de Dios (judaísmo, islamismo, cristianismo,
politeísmo...) e, incluso, ni siquiera todos los hombres pertenecientes a la
misma cultura poseen la misma idea de Dios. Y esto es un hecho ante el que no
cabe discusión. Con ello pretende recalcar tanto la importancia del tema como
la legitimidad de solicitar una garantía de la razón, independientemente de lo
que afirme la fe. Si la existencia de Dios no es una verdad evidente para
nosotros es necesario, pues, que sea demostrada de un modo evidente para la
razón, de un modo racional, en el que no intervengan elementos de la Revelación
o de la fe.
Pero ¿Qué tipo de demostración hemos de elegir? No podemos partir de la
idea de Dios, ya que eso es precisamente lo que se trata de demostrar, lo que
se trata de conocer. Tampoco podemos recurrir a la demostración "a
priori ", puesto que esta demostración parte del conocimiento de la causa,
y de él llega al conocimiento del efecto: pero Dios no tiene causa. Sólo nos
queda, pues, partir del conocimiento que proporciona la experiencia humana, de
los seres que conocemos, tomados como efectos, y remontarnos, a través de
ellos, a su causa, es decir, argumentando " a posteriori ".
Siendo tal la posición de Sto. Tomás comprendemos por qué criticará
duramente el argumento ontológico y rechazará su validez. El argumento Anselmiano
toma como punto de partida la idea de Dios como ser perfecto, pero tal idea,
dice Sto. Tomás, procede de la creencia, de la fe, y no tiene por qué ser
aceptada por un no creyente. Pero además, el argumento de San Anselmo contiene
un paso ilegítimo de lo ideal a lo real: pensar algo como existente no quiere
decir que exista en la realidad. La existencia pensada no tiene más realidad
que la de ser pensada, la de estar como tal en nuestro entendimiento, pero no
fuera de él. Para Sto. Tomás la existencia sólo puede ser alcanzada si partimos
de la existencia y argumentamos a partir de ella. Y la única existencia
indudable para nosotros es la existencia sensible. Por ello desarrollará sus
cinco pruebas de la existencia de Dios a partir siempre de la experiencia
sensible, la primera pero no la única forma de experiencia que el hombre
conoce...
LAS CINCO VÍAS DE LA DEMOSTRACIÓN
DE LA EXISTENCIA DE DIOS
En la "Suma Teológica", primera parte, capítulos 2 y 3,
encontramos formuladas las cinco pruebas tomistas de la demostración de la
existencia de Dios, (conocidas como las "cinco vías"), que se exponen
a continuación:
PRIMERA VÍA: MOVIMIENTO: Nos consta por los sentidos que hay
seres de este mundo que se mueven; pero todo lo que se mueve es movido por
otro, y como una serie infinita de causas es imposible hemos de admitir la
existencia de un primer motor no movido por otro, inmóvil. Y ese primer motor
inmóvil es Dios.
La primera y más clara se funda en el movimiento. Es innegable, y consta
por el testimonio de los sentidos, que en el mundo hay cosas que se mueven.
Pues bien, todo lo que se mueve es movido por otro, ya que nada se mueve más
que en cuanto está en potencia respecto a aquello para lo que se mueve. En
cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que hacer
pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo más que lo que está
en acto, a la manera como lo caliente en acto, v. gr., el fuego hace que un
leño, que está caliente en potencia, pase a estar caliente en acto. Ahora bien,
no es posible que una misma cosa esté, a la vez, en acto y en potencia respecto
a lo mismo, sino respecto a cosas diversas: Lo que, v. gr., es caliente en
acto, no puede ser caliente en potencia, sino que en potencia es, a la vez
frío. Es, pues, imposible que una cosa sea por lo mismo y de la misma manera
motor y móvil, como también lo es que se mueva a sí misma. Por consiguiente,
todo lo que se mueve es movido por otro. Pero, si lo que mueve a otro es, a su
vez, movido, es necesario que lo mueva un tercero, ya éste otro. Mas no se
puede seguir indefinidamente, porque así no habría un primer motor y, por
consiguiente, no habría motor alguno, pues los motores intermedios no mueven
más que en virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un
bastón nada mueve si no lo impulsa la mano. Por consiguiente, es necesario
llegar a un primer motor que no sea movido por nadie, y éste es el que todos
entienden por Dios.
SEGUNDA VÍA: EFICIENCIA: nos
consta la existencia de causas eficientes que no pueden ser causa de sí mismas,
ya que para ello tendrían que haber existido antes de existir, lo cual es
imposible. Además, tampoco podemos admitir una serie infinita de causas
eficiente, por lo que tiene que existir una primera causa eficiente incausada.
Y esa causa incausada es Dios.
LA SEGUNDA VÍA SE BASA EN CAUSALIDAD EFICIENTE: Hallamos que en este mundo
de lo sensible hay un orden determinado entre las causas eficientes; pero no
hallamos que cosa alguna sea su propia causa, pues en tal caso habría de ser
anterior a sí misma, y esto es imposible. Ahora bien, tampoco se puede prolongar
indefinidamente la serie de las causas eficientes, porque siempre que hay
causas eficientes subordinadas, la primera es causa de la intermedia, sea una o
muchas, y ésta causa de la última; y puesto que, suprimida una causa, se
suprime su efecto, si no existiese una que sea la primera, tampoco existiría la
intermedia ni la última. Si, pues, se prolongase indefinidamente la serie de
causas eficientes, no habría causa eficiente primera, y, por tanto, ni efecto
último ni causa eficiente intermedia, cosa falsa a todas luces. Por
consiguiente, es necesario que exista una causa eficiente primera, a la que
todos llaman Dios.
TERCERA VÍA: CONTINGENCIA: Hay
seres que comienzan a existir y que perecen, es decir, que no son necesarios;
si todos los seres fueran contingentes, no existiría ninguno, pero existen, por
lo que deben tener su causa, pues, en un primer ser necesario , ya que una
serie causal infinita de seres contingentes es imposible. Y este ser necesario
es Dios.
La tercera vía considera el ser posible o contingente y el necesario, y
puede formularse así. Hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no
existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen, y, por
tanto, hay posibilidad de que existan y de que no existan. Ahora bien, es
imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que
tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las
cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía.
Pero, si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna, porque lo
que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y,
por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir cosa alguna,
y, en consecuencia, ahora no habría nada, cosa evidentemente falsa. Por
consiguiente, no todos los seres son posibles o contingentes, sino que entre
ellos forzosamente, ha de haber alguno que sea necesario. Pero el ser necesario
o tiene la razón de su necesidad en sí mismo o no la tiene. Si su necesidad
depende de otro, como no es posible, según hemos visto al tratar de las causas
eficientes, aceptar una serie indefinida de cosas necesarias, es forzoso que
exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa
de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual
todos llaman Dios.
CUARTA VÍA GRADOS DE
PERFECCIÓN: Observamos distintos grados de perfección en los seres de
este mundo (bondad, belleza,...) Y ello implica la existencia de un modelo con respecto
al cual establecemos la comparación, un ser óptimo, máximamente verdadero, un
ser supremo. Y ese ser supremo es Dios.
La cuarta vía considera los grados de perfección que hay en los seres.
Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que
otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se
atribuye a las cosas Según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se
dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha
de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser
supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima
entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en
aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del
calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente,
algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus
perfecciones, y a esto llamamos Dios.
QUINTA VÍA FINALIDAD: observamos
que seres inorgánicos actúan con un fin; pero al carecer de conocimiento e
inteligencia sólo pueden tender a un fin si son dirigidos por un ser
inteligente. Luego debe haber un ser sumamente inteligente que ordena todas las
cosas naturales dirigiéndolas a su fin . Y ese ser inteligente es Dios.
La quinta vía se toma del gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas
que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como
se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera
para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su
fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de
conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca,
a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente
que dirige todas las cosas naturales a su fin, ya éste llamamos Dios.
LA TEOLOGÍA DE LA CREACIÓN
Respecto al tema de la creación Sto. Tomás, a pesar de la raíz aristotélica
de su pensamiento, seguirá la tradición agustiniana, conciliándola con su
explicación de la estructura metafísica esencia/existencia. Según ella todos
los seres se compone de esencia y existencia, excepto Dios, en quien la esencia
se identifica con la existencia. Sólo Dios, por lo tanto, es un ser necesario,
pues sólo él debe su existencia a su propia esencia: su esencia es existir. Los
demás seres reciben la existencia del ser necesario, ya se trate de seres
materiales o inmateriales.
Al igual que el resto de los filósofos medievales tributarios de la
tradición cristiana Santo Tomás afirmará la creación "ex nihilo", es
decir, la creación del mundo mediante un acto de Dios totalmente libre, radical
y originario. La nada no representa una materia informe preexistente, sino la
inexistencia absoluta; y no puede tomarse como la causa de la creación, pues
ésta es sólo obra de Dios. El mundo tampoco es creado por "emanación"
necesaria de la naturaleza divina (Plotino): Dios no está sujeto a ninguna
necesidad, sino que crea libremente.
Cuando decimos que por la creación alguna cosa ha sido hecha de la nada,
esta preposición "de" no designa ninguna causa material, sino que
señala solamente un orden, como cuando se dice: de la mañana nace el mediodía,
lo cual significa que tras la mañana llega el mediodía. Es necesario, sin
embargo, suponer que esta preposición "de" puede envolver en su
significación la negación que expresa la palabra "nada" o, por el
contrario, estar incluida en ella. En el primer caso, el orden sigue afirmado
(pero sólo desde el punto de vista del lenguaje y de sus deficiencias), y se
señala el orden de sucesión (puramente imaginario) entre aquello que es y el
no-ser anterior. Si, por el contrario, la negación incluye la preposición,
entonces el orden es negado y el significado es el siguiente: tal cosa está
hecha de nada, es decir, no está hecha de ninguna cosa; como si dijéramos que
ese hombre habla de nada, para expresar que no hay tema en su discurso. Estos
dos sentidos se identifican cuando decimos que por la creación una cosa
cualquiera está hecha de la nada. En el primer sentido, esta preposición
"de" señala un orden de sucesión; en el segundo se trata de una
relación con una causa material, y esta relación es negada. (Suma
Teológica, l, 45, 1.)
El mundo podría no haber sido creado, o haber sido creado de otro modo, tal
como había defendido ya San Agustín, admitiendo incluso la creación de un mundo
que a nosotros pudiera parecernos absurdo y en el que 2 y 2 fueran 5. Por lo
demás, en cuanto a saber si la creación ha tenido lugar en el tiempo Sto. Tomás
afirma que la razón no puede zanjar esa cuestión, ya que tanto la tesis como la
antítesis son indemostrables para la razón. Se adhiere, por ello, a lo que
manifiesta la Revelación: que la creación tuvo lugar en el tiempo.
Por último, en cuanto al problema del mal en el mundo, afirma que Dios lo
ha permitido (tanto el físico como el moral) para obtener un beneficio mayor:
la libertad de la voluntad y el perfeccionamiento del mundo.
LA ANTROPOLOGÍA Y LA PSICOLOGÍA
DE TOMÁS DE AQUINO
También la concepción del ser humano en Sto. Tomás está basada en la
concepción aristotélica. Pero, al igual que ocurre con los otros aspectos de su
pensamiento, ha de ser conciliada con las creencias básica del cristianismo: La
inmortalidad del alma y la creación. El ser humano es un compuesto sustancial
de alma y cuerpo, representando el alma la forma y el cuerpo la materia de
dicha sustancia. Frente a la afirmación de algunos de sus predecesores de que
existen en el ser humano varias formas sustanciales, como la vegetativa y la
sensitiva, Sto. Tomás afirma la unidad hilemórfica del ser humano, que
constituye una unidad en la que existe una única forma sustancial, el alma
racional, que informa inmediata y directamente a la materia prima constituyendo
el compuesto "hombre".
Del mismo modo que Aristóteles había concebido la existencia de una sola
alma en el ser humano, que engloba las funciones vegetativa y sensitiva, santo
Tomás afirma que esa única alma es la que regula todas las funciones del
"hombre" y determina su corporeidad.
Es evidente, por otra parte, que lo primero porque el cuerpo vive es el
alma, y como la vida se manifiesta por operaciones diversas en los diversos
grados de los seres vivientes, aquello por lo que primariamente ejercemos cada
una de estas funciones vitales es el alma. Ella es, en efecto, lo primero que
nos hace nutrirnos y sentir y movernos localmente, como también entender. Este
primer principio de nuestro entendimiento, llámesele entendimiento o alma
intelectiva, es, por lo tanto, la forma del cuerpo, y esta demostración es de
Aristóteles en el tratado Del alma, lib. 2, tex. 24. (Suma Teológica, I,
C. 76, a. 1)
El alma se sigue concibiendo, pues, como principio vital y como principio
de conocimiento, pero se rechaza la interpretación platónica de la relación
entre el alma y el cuerpo, en el sentido de que Platón había atribuido al alma,
y no al ser humano, esas funciones vitales y cognoscitivas, mientras que la
interpretación hilemórfica de santo Tomás le llevará a atribuir esas funciones
al "hombre": Es el ser humano, el individuo, el que vive y conoce, el
que razona y entiende, el que imagina y siente. Todo ello es imposible sin
tener un cuerpo, por lo que éste ha de pertenecer al "hombre" con el
mismo derecho que le pertenece el alma.
La relación del alma y el cuerpo es una relación natural, no una situación
forzada y antinatural, según la cual estaría el alma en el cuerpo como el
prisionero en la celda. No se puede interpretar la interdependencia entre la
alma y el cuerpo como un castigo para el alma, en contra de lo que los
neoplatónicos afirmaban, y que dio pie al desarrollo de algunas herejías
basadas o inspiradas en el gnosticismo.
No obstante, dada la necesidad de explicar la inmortalidad del alma, santo
Tomás afirmará que en ella existe ciertas facultades que le pertenecen como
tal, y que no dependen para nada de su relación con el cuerpo. Otras pertenecen
al compuesto "hombre" y no pueden ser ejercidas, por lo tanto, sin el
cuerpo. Por supuesto, la intelección es una facultad que le pertenece al alma
incluso en su estado de separación del cuerpo, en cuanto tiene como objeto de
conocimiento no los cuerpos, sino el ser. La facultad de su potencia del alma
puede ser clasificadas en tres grupos jerárquicamente relacionados: las facultades
o potencias vegetativas, las sensitivas y en las racionales.
Tenemos, pues, una clasificación similar a la aristotélica. No se trata de
tres tipos de alma, sino de tres facultades o potencias de la misma alma
racional. En sus funciones vegetativas el alma se ocupa de todo lo relacionado
con la nutrición y el crecimiento. En sus funciones sensitivas el alma regula
todo lo relacionado con el funcionamiento de los sentidos externos, así como la
imaginación y la memoria, actividades que se corresponde en las funciones del
alma vegetativo de los animales. En sus funciones racionales santo Tomás
distingue como facultades propias del alma el entendimiento (agente y paciente)
y la voluntad, con la que trata de explicar el deseo intelectual, quedando el
sensitivo explicado por las funciones sensitivas del alma. A pesar de que todas
ellas proceden de la misma alma racional, se pueden distinguir
"realmente" entre sí, dado que tienden a aplicarse a distintos
objetos (para Sto. Tomás, la definición de una facultad o de la ciencia viene
dada por el objeto al que se aplica, su objeto formal).
Quizá la novedad más significativa con respecto a Aristóteles sea el
tratamiento que hace santo Tomás de la voluntad. Por su misma naturaleza es la
voluntad está orientada al bien en general, es decir, la felicidad, la
beatitud. ¿Quiere eso decir que el "hombre" está inevitablemente
determinado en su comportamiento? No, dice Sto. Tomás, ya que el
"hombre" dispone del libre albedrío para elegir su conducta. El libre
albedrío no es algo distinto de la voluntad, sino la voluntad misma en el
ejercicio de la elección de los medios para conseguir su fin, la capacidad por
la que un "hombre" es capaz de juzgar libremente, en cuanto a la
elección de los medios que le permiten alcanzar el fin de su conducta.
Para Aristóteles, dada la imposibilidad de existencia de formas separadas,
la inmortalidad del alma queda descartada, en contra de lo que afirmaba Platón.
Se discute si Aristóteles aceptaba o no una cierta inmortalidad del
entendimiento y, en ese caso, si la inmortalidad afectaría a la sustancia
individual o a la forma universal. Los averroistas latinos entendieron que la
inmortalidad afectaba a la forma universal, afirmando la existencia de un único
entendimiento agente, común a todos los seres humanos. Santo Tomás afirmará,
por el contrario, la inmortalidad individual.
¿Es compatible esta afirmación con el hilemorfismo? Sto. Tomás defenderá la
inmortalidad del alma apoyándose en su inmaterialidad, (el alma es inmaterial,
luego no es corruptible, luego es inmortal, un argumento similar al que ya
había utilizado Platón en el Fedón), y en el ansia de inmortalidad del
"hombre": un deseo de inmortalidad implantado por Dios que no puede
ser vano.
Puede todavía deducirse una prueba del deseo que naturalmente tiene cada
ser de existir según su modo de ser. El deseo en los seres inteligentes es
consecuencia del conocimiento. Los sentidos no conocen el ser sino en lugar y
tiempo determinados; pero el entendimiento los conoce absolutamente y en toda
su duración; por esta razón todo ser dotado de entendimiento desea, por su
naturaleza misma, existir siempre, y como el deseo natural no puede ser vano,
síguese que toda sustancia intelectual es incorruptible. (Suma Teológica,
I, C. 75, a. 6.)
ÉTICA Y POLÍTICA
También la teoría moral de santo Tomás está fundamentalmente basada en la
ética aristotélica, a pesar de que algunos comentadores insisten en la
dependencia agustiniana de la moral tomista. Parece obvio que, en la medida en
que San Agustín es el inspirador de buena parte de la filosofía medieval ejerza
cierta influencia, como se puede observar en la metafísica y la teología, en el
pensamiento de santo Tomás; pero no hasta el punto de difuminar el eudemonismo
aristotélico claramente presente en, e inspirador de, la ética tomista.
La Ética: Siguiendo, pues, sus
raíces aristotélicas Sto. Tomás está de acuerdo con Aristóteles en la
concepción teleológica de la naturaleza y de la conducta del hombre: toda
acción tiende hacia un fin, y el fin es el bien de una acción. Hay un fin
último hacia el que tienden todas las acciones humanas, y ese fin es lo que
Aristóteles llama la felicidad. Santo Tomás está de acuerdo en que la felicidad
no puede consistir en la posesión de bienes materiales, pero a diferencia de
Aristóteles, que identificaba la felicidad con la posesión del conocimiento de
los objetos más elevados (con la teoría o contemplación), con la vida del
filósofo, en definitiva , santo Tomás, en su continuo intento por la acercar
aristotelismo y cristianismo, identifica la felicidad con la contemplación
beatífica de Dios, con la vida del santo, de acuerdo con su concepción
trascendente del ser humano.
En efecto, la vida del hombre no se agota en esta tierra, por lo que la
felicidad no puede ser algo que se consiga exclusivamente en el mundo terrenal;
dado que el alma del hombre es inmortal el fin último de las acciones del
hombre trasciende la vida terrestre y se dirige hacia la contemplación de la
primera causa y principio del ser: Dios. Santo Tomás añadirá que esta
contemplación no la puede alcanzar el hombre por sus propias fuerzas, dada la
desproporción entre su naturaleza y la naturaleza divina, por lo que requiere,
de alguna manera la ayuda de Dios, la gracia, en forma de iluminación especial
que le permitirá al alma adquirir la necesaria capacidad para alcanzar la
visión de Dios.
La felicidad que el hombre puede alcanzar sobre la tierra, pues, es una
felicidad incompleta para Sto. Tomás, que encuentra en el hombre el deseo mismo
de contemplar a Dios, no simplemente como causa primera, sino tal como es Él en
su esencia. No obstante, dado que es el hombre particular y concreto el que
siente ese deseo, hemos de encontrar en él los elementos que hagan posible la
consecución de ese fin. Santo Tomás distingue, al igual que Aristóteles, dos
clases de virtudes: las morales y las intelectuales. Por virtud entiende
también un hábito selectivo de la razón que se forma mediante la repetición de
actos buenos y, al igual que para Aristóteles, la virtud consiste en en un
término medio, de conformidad con la razón. A la razón le corresponde dirigir
al hombre hacia su fin, y el fin del hombre ha de estar acorde con su
naturaleza por lo que, al igual que ocurría con Aristóteles, la actividad
propiamente moral recae sobre la deliberación, es decir, sobre el acto de la
elección de la conducta.
La misma razón que tiene que deliberar y elegir la conducta del hombre es
ella, a su vez, parte de la naturaleza del hombre, por lo que ha de contener de
alguna manera las orientaciones necesarias para que el hombre pueda elegir
adecuadamente. Al reconocer el bien como el fin de la conducta del hombre la
razón descubre su primer principio: se ha de hacer el bien y evitar el
mal ("Bonum est faciendum et malum vitandum"). Este
principio (sindéresis) tiene, en el ámbito de la razón práctica, el
mismo valor que los primeros principios del conocimiento (identidad, no
contradicción ) en el ámbito de la teórica. Al estar fundado en la misma
naturaleza humana es la base de la ley moral natural, es decir, el fundamento
último de toda conducta y, en la medida en que el hombre es un producto de la
creación, esa ley moral natural está basada en la ley eterna divina. De la ley
natural emanan las leyes humanas positivas, que sean aceptadas si no
contradicen la ley natural y rechazadas o consideradas injustas si la
contradicen. Pese a sus raíces aristotélicas vemos, pues, que Sto. Tomás ha
conducido la moral al terreno teológico, al encontrar en la ley natural un
fundamento trascendente en la ley eterna.
LA POLÍTICA
Respecto a la política santo Tomás se desmarca de la actitud adoptada por
San Agustín al considerar la existencia de dos ciudades, la de Dios (Jerusalén)
y la terrestre (Babilonia), identificadas, respectivamente, con la Iglesia y
con el Estado pagano. La ciudad de Babilonia es considerada por San Agustín
como el resultado de la corrupción del hombre por el pecado original; mientras
que la ciudad de Jerusalén, la ciudad celestial representaría la comunidad
cristiana que viviría de acuerdo con los principios de la Biblia y los
evangelios. Las circunstancias sociales y la evolución de las formas de poder
en el siglo XIII, especialmente los problemas derivados de la relación entre la
Iglesia y el Estado, llevarán a Sto. Tomás a un planteamiento distinto,
inspirado también en la Política aristotélica, aunque teniendo en cuenta las
necesarias adaptaciones al cristianismo.
Para Sto. Tomás la sociedad, siguiendo a Platón y a Aristóteles, es el
estado natural de la vida del hombre. En cuanto tal, el hombre es por
naturaleza un ser social nacido para vivir en comunidad con otros hombres; pero
ya sabemos que Sto. Tomás asigna al hombre un fin trascendente, por lo que ha
de reconocer un papel importante a la Iglesia en la organización de la vida del
hombre. Del mismo modo que había distinguido entre la razón y la fe y, aun
manteniendo su autonomía, concedía la primacía a la fe sobre la razón, por lo
que respecta a la sociedad, aun aceptando la distinción y la independencia del
Estado y la Iglesia, aquél ha de someterse a ésta, en virtud de ese fin
trascendente del hombre. El Estado ha de procurar el bien común, para lo cual
legislará de acuerdo con la ley natural. Las leyes contrarias a la ley natural
no obligan en conciencia (por ejemplo, las contrarias al bien común, o las
dictadas por egoísmo). Las leyes contrarias a la ley divina deben rechazarse y
no es lícito obedecer las, marcándose claramente la dependencia de la
legislación civil respecto a la legislación religiosa.
Respecto a las mejores formas de gobierno, santo Tomás sigue a Aristóteles,
distinguiendo tres formas buenas y tres formas malas de gobierno que son la
degeneración de las anteriores. Aunque la monarquía parece proporcionar un
mayor grado de unidad y de paz, Sto. Tomás tampoco descarta las otras formas de
gobierno válidas, y no considera que ninguna de ellas sea especialmente
deseable por Dios.
EL LIBRE ALBEDRÍO
La afirmación de la voluntad como facultad del alma por la que el hombre
tiende necesariamente a un fin plantea el problema de la libertad y el
determinismo. ¿Puede el hombre elegir su conducta o está determinado por la
naturaleza de la voluntad? En el siguiente texto. Sto. Tomás tratará de
justificar el libre albedrío pese a que la voluntad se halle necesariamente
movida por ciertos objetos.
(Para resolver esta cuestión del
libre albedrío)... es necesario ayudarse de una primera consideración. Del
mismo modo que en las otras cosas de la naturaleza, encontramos en el hombre un
principio de sus actos. Este principio activo en el hombre es la inteligencia y
la voluntad. Este principio "humano" se asemeja parcialmente, como
también difiere en parte, a aquel que encontramos en las cosas. Se parece en el
sentido de que, de una parte y de otra, tenemos una forma, que es el principio
del obrar, y una inclinación o un apetito, consecutivo a esta forma: apetito
del que deriva la acción exterior. El hombre, en efecto, obra por inteligencia.
La diferencia consiste en esto: la forma que constituye las realidades de la
naturaleza está individualizada por la materia; la inclinación que se deriva
está, como consecuencia, estrictamente determinada a una sola posibilidad. La
forma intelectual, por el contrario, en razón de su universalidad, es
susceptible de englobar a una multitud de posibilidades. Por eso, como los
actos se realizan siempre sobre una materia singular, jamás adecuada a la
potencia de lo universal, la inclinación de la voluntad no está determinada. Se
beneficia de un margen de indeterminación respecto a los múltiples singulares. El
arquitecto, por ejemplo, que conciba el plano de una casa en lo universal,
puede, a su gusto, darle la forma que quiera: cuadrada, redonda, etcétera.
Todas estas figuras se ordenan bajo lo universal a título de determinaciones
particulares. El animal (que es menos determinado que la piedra) se encuentra
en una posición intermedia entre el hombre y la cosa. Pero las formas de su
percepción permanecen individuales. En consecuencia, la inclinación, pese a la
variedad de "lo sensible" que la condiciona, está siempre determinada
por lo singular.
En segundo lugar, es necesario recordar que una "potencia" es
susceptible de una doble determinación. Una le viene del sujeto; por ejemplo,
la disposición del ojo hacia una visión más o menos clara; otra proviene del
objeto que, según su color, por ejemplo, me hará ver lo blanco o lo negro. La
primera, como puede verse, concierne al ejercicio del acto; la segunda, a su
especificación. Nosotros hemos visto que el acto está especificado por el
objeto.
En las cosas de la naturaleza la especificación depende de la forma (que le
es inmanente por esencia); el ejercicio es función del agente. Luego el agente
está necesariamente movido por un fin. El primer principio del obrar, en cuanto
a su ejercicio, reside en la finalidad. Si ahora nosotros reflexionamos sobre
los objetos de la voluntad y del intelecto, veremos que el objeto del
intelecto, a saber: el ser y lo verdadero, se inclina del lado de la forma. El
objeto de la voluntad, por el contrario, pertenece a la finalidad. Se trata del
bien, que engloba todas las formas de lo conocido. De ahí que exista una cierta
reciprocidad entre el bien y lo verdadero, en virtud de la cual el bien se
ordena bajo lo verdadero y lo verdadero bajo el bien, como bien particular.
Si analizamos la determinación de las potencias, debemos reservar la
especificación a la inteligencia. Es el bien, en tanto que conocido, el que
mueve la voluntad. Si consideramos el ejercicio, vemos que la voluntad es su
principio motor. [...] Yo conozco porque veo; y al contrario, porque veo pongo
en movimiento todas mis potencias.
Para demostrar que el querer no es siempre necesidad, hay que considerarlo
bajo el doble aspecto de la especificación y del ejercicio. En cuanto al
ejercicio, la voluntad está, en primer lugar, movida por ella misma. Se mueve
del mismo modo que mueve a las otras potencias. Es inútil objetar que un mismo
ser no puede estar a la vez en potencia y en acto, ya que, igual que los principios
me permiten en el orden intelectual, en tanto que están en acto en mí,
desarrollar todas las posibilidades que contienen en potencia, así la voluntad,
en acto hacia sus fines, puede determinarse por la vía de un
"consejo" que deja abierta una alternativa y que no es necesario. Sin
embargo, no se puede proceder a lo infinito en la serie de principios motores;
si el consejo depende de la voluntad, y la voluntad del consejo, para evitar el
círculo nos es necesario remontarnos a un primer motor. [...] Este primer
motor, que está por encima del intelecto y de la voluntad, es Dios mismo, quien
mueve a la voluntad según su condición (sin hacerle violencia).
Desde el punto de vista de la especificación, señalemos que el objeto que
mueve a la voluntad sólo puede ser el bien "conveniente", en tanto
que elegido por la inteligencia. Supongamos que este bien se presenta con los
límites de la particularización, y no como universalmente bueno. Entonces será
incapaz de mover a la voluntad necesariamente. Por el contrario, si este bien
se presenta como bien "bajo todos los aspectos", entonces no puede
dejar de determinar a la voluntad. Tal es el caso de la beatitud, que se define
como el estado que integra la totalidad del bien. Sin embargo, aquí sólo se
trata del orden de la especificación, ya que desde el punto de vista del
ejercicio puedo perfectamente no querer actualmente pensar en la beatitud, ya
que este acto de pensar es él mismo particular. Si, por el contrario, el bien
se presenta solamente bajo los límites de una determinación particular, el acto
no será necesario ni desde el punto de vista de la especificación ni desde el
punto de vista del ejercicio.
¿Cómo se decide, pues, la voluntad concretamente? Se pueden analizar tres
casos. A veces la decisión dependerá del "peso" de tal o cual
condición del objeto, en tanto que valorada por la inteligencia. La decisión
será en tal caso racional; por ejemplo, si yo considero tal cosa útil para mi
salud o, al menos, lo es para mi actividad voluntaria. Otras veces una ocasión,
venga del interior o del exterior, hará que me apoye sobre una circunstancia
del objeto y que deje el resto en la sombra. Finalmente, la decisión puede
tener su origen en una disposición interna. El hombre colérico y el hombre
sabio deciden de muy diferente manera; el enfermo no ve la comida del mismo
modo que el sano. Como dice el filósofo: a tal disposición, tal fin.
Si esta disposición es natural, y por ello ajena a la voluntad, la voluntad
es necesaria. Por ello todos los hombres quieren ser, vivir y conocer. Si esta
disposición no procede de la naturaleza -por ejemplo, en el caso de las
pasiones-, en tal caso no habrá necesidad, ya que esta disposición puede ser
modificada. El hombre colérico tratará de calmarse antes de juzgar. Sin embargo,
es más fácil reducir una pasión que un hábito. Así, pues, la voluntad, en el
orden de la especificación, puede estar movida necesariamente por ciertos
objetos, no por todos; pero en el orden del ejercicio, no es (jamás) necesario
que lo esté.
SOBRE EL ALMA
La consideración del alma como la forma del cuerpo, consideración de
carácter aristótelico, ha de ser matizada y explicada por Sto. Tomás para
adaptarla a las exigencias del cristianismo. A continuación se presentan
algunos fragmentos de la Suma Teológica con diversas aclaraciones sobre la
interpretación del alma.
¿EL ALMA HUMANA ES ALGUNA COSA
SUBSISTENTE?: Es necesario reconocer que lo que es el principio de la operación
intelectual y que llamamos alma del hombre es cierto principio incorpóreo y
subsistente. En efecto: es notorio que el hombre puede conocer por su
entendimiento las naturalezas de todos los cuerpos, y lo que puede conocer
algunas cosas, nada de ellas debe tener en su naturaleza, porque lo que
naturalmente estuviese en ella impediría el conocimiento de los demás; así
vemos que la lengua de un enfermo, impregnada de bilis y de humor acre, no puede
percibir sabores dulces y todo le sabe amargo. Si, pues, el principio
intelectual tuviese en sí la naturaleza de algún cuerpo, no podría conocerlos
todos, y como todo cuerpo tiene alguna naturaleza determinada, es imposible, en
consecuencia, que el principio intelectual sea cuerpo, como lo es asimismo que
conozca por medio de un órgano corporal, puesto que la naturaleza determinada
de este órgano le impediría conocer todos los cuerpos; como si algún color
determinado está no solamente en la pupila, sino también en un vaso de vidrio,
el liquido contenido en él parece del mismo color.
Así, pues, el primer principio intelectual, al
que damos los nombres de mente o entendimiento, tiene de sí mismo su operación
propia sin participación del cuerpo. Pero ningún ser puede obrar por sí mismo
si no subsiste por sí mismo, puesto que el obrar es exclusivo de un ente en
acto. De donde se infiere que cada ser obra según su modo de ser, y por eso no
decimos que el calor calienta, sino lo cálido. Queda, pues, demostrado que el
alma humana, que también llamamos entendimiento o mente, es algo incorpóreo y
subsistente.
¿ES INCORRUPTIBLE EL ALMA
HUMANA?: Necesariamente, el alma humana, que decimos es el principio
intelectivo, es incorruptible. En efecto: una cosa se corrompe de uno de estos
dos modos: o de suyo, o accidentalmente. Es imposible, desde luego, que algo
subsistente sea engendrado o corrompido accidentalmente, es decir, por otro ser
engendrado o corrompido, porque el ser engendrado o corrompido compete a un ser
de la propia manera que la existencia, que se adquiere por generación y se
pierde por corrupción, y, por consiguiente, lo que tiene ser por sí propio, no
puede ser engendrado ni corrompido sino por sí mismo.
En cuanto a las cosas no
subsistentes, como los accidentes y las formas materiales, se dice que son
hechas y destruidas por la generación y la corrupción de los compuestos. Queda,
empero, demostrado que las almas de los brutos no son subsistentes por sí
mismas y que únicamente lo que es alma humana; por consiguiente, las almas de
los brutos corrómpense con los cuerpos, mientras que el alma humana no podría
corromperse sino por sí misma, lo cual es de todo punto imposible no sólo
respecto del alma humana, sino de cualquier ser subsistente, que no es más que
forma, porque es evidente que lo que conviene al ser por razón de sí mismo es
inseparable de él, y el ser por sí mismo compete a la forma, que es un acto.
Así es que la materia adquiere su ser en acto al recibir una forma y le
sobreviene la corrupción, separándose de ella su forma. Pero como es imposible
que una forma sea separada de sí misma, síguese que es igualmente imposible que
una forma subsistente cese de existir.
Aun suponiendo que el alma fuese compuesta de materia y forma, como algunos
pretenden, sería preciso también reconocer que es incorruptible, porque no hay
corrupción donde no hay contrariedad, puesto que la generación y la corrupción
suponen elementos contrarios, combinados por aquélla y disueltos por ésta. Así,
los cuerpos celestes son incorruptibles precisamente porque no tienen una
materia sometida a esa contrariedad, que tampoco puede existir de modo alguno
en el alma intelectiva, por cuanto recibe según su modo de ser, y todo cuanto
en ella es recibido está libre de contrariedad, pues aun las razones de las
ideas contrarias no son opuestas en el entendimiento, siendo una sola en él la
ciencia de los contrarios. Es, pues, imposible que el alma intelectiva sea
incorruptible.
Puede todavía deducirse una prueba del deseo que naturalmente tiene cada
ser de existir según su modo de ser. El deseo en los seres inteligentes es
consecuencia del conocimiento. Los sentidos no conocen el ser sino en lugar y
tiempo determinados; pero el entendimiento los conoce absolutamente y en toda
su duración; por esta razón todo ser dotado de entendimiento desea, por su
naturaleza misma, existir siempre, y como el deseo natural no puede ser vano,
síguese que toda sustancia intelectual es incorruptible.
¿EL PRINCIPIO INTELECTIVO ESTÁ UNIDO AL CUERPO COMO
SU FORMA?: Es necesario afirmar que el entendimiento, que es el principio de la
operación intelectual, es la forma del cuerpo humano, porque aquello en cuya
virtud obra primordialmente un ser, es la forma del ser a que se atribuye la
operación; así, lo primero por que el cuerpo se constituye sano es la salud, y
la ciencia lo que ante todo hace que el alma sepa, y por esta razón, la salud
es la forma del cuerpo y la ciencia lo es del alma en cierto modo. La prueba de
esto es que ningún ser obra sino entretanto que está en acto y que, por
consiguiente; obra en virtud de aquello que lo constituye en acto. Es evidente,
por otra parte, que lo primero por que el cuerpo vive es el alma, y como la
vida se manifiesta por operaciones diversas en los diversos grados de los seres
vivientes, aquello por lo que primariamente ejercemos cada una de estas
funciones vitales es el alma. Ella es, en efecto, lo primero que nos hace
nutrirnos y sentir y movernos localmente, como también entender. Este primer
principio de nuestro entendimiento, llámasele entendimiento o alma intelectiva,
es, por lo tanto, la forma del cuerpo, y esta demostración es de Aristóteles en
el tratado Del alma.
Si alguien pretende sostener que el alma intelectiva no es la forma del
cuerpo, a él incumbe explicar cómo esa acción de entender sea una acción propia
de tal hombre; puesto que cada uno sabe por propia experiencia que él mismo es
quien entiende. Se atribuye, empero, a alguno una acción de tres maneras, según
hace constar Aristóteles. Dícese que alguna cosa se mueve u obra, o según todo
su ser, como el médico cura, o bien por una parte de sí misma, como el hombre
ve por medio de su ojo, o, en fin, accidentalmente, como si dijéramos que lo
blanco edifica por la circunstancia accidental de ser blanco el constructor.
Así, pues, cuando decimos que Sócrates o Platón entiende, es evidente que no se
le atribuye esta acción accidentalmente, sino que se le atribuye en cuanto es
un hombre, lo cual se afirma de él esencialmente. Es preciso, pues, decir o que
Sócrates entiende según todo su ser, como establecía Platón al definir al
hombre diciendo que es un alma intelectiva, o que el entendimiento es alguna
parte de Sócrates.
Lo primero es notoriamente insostenible en vista de lo demostrado, puesto
que el hombre mismo es el que percibe: que él mismo es quien entiende y siente;
ahora bien: no es posible sentir sin el cuerpo de donde se deduce que el cuerpo
es alguna parte del hombre.
Por consiguiente, sólo queda aceptable la conclusión de que el
entendimiento, por el cual Sócrates entiende, es alguna parte de Sócrates, de
tal suerte que está de alguna manera unido a su cuerpo. El Comentador de
Aristóteles dice, que esta unión se efectúa por medio de la especie
inteligible; la cual tiene un doble sujeto, a saber, el entendimiento posible y
además las imágenes, que están en los órganos corporales, y así, mediante esta
especie inteligible, únese el entendimiento posible al cuerpo de este o de
aquel hombre. Pero esta continuidad o unión no basta para erigir la acción del
entendimiento en acción de Sócrates, lo cual se hace evidente por su
comparación con los sentidos; de esta observación procede Aristóteles a
examinar lo que es propio del entendimiento, porque las imágenes con respecto
de éste son lo que los colores respecto de la vista. Así, pues, como las
especies de los colores están en la vista, igualmente las especies de las
imágenes están en el entendimiento posible, y siendo innegable que no se
atribuye a una pared la acción de ver porque se nos presentan en ella los
colores cuyas imágenes se hallan en el órgano visual, pues no decimos que la
pared ve, sino más bien que es vista, así también de que las especies de las
imágenes estén en el entendimiento posible no se deduce que Sócrates, en quien
están las imágenes, entiende o conoce, sino que él mismo o ellas son conocidas
o entendidas.
Algunos han querido decir que el entendimiento estaba unido al cuerpo como
un motor, y que de este modo formaba con él un solo todo, al que se le puede
atribuir la acción del entendimiento. Pero esta teoría carece de fundamento en
muchos conceptos: 1.° Porque el entendimiento no mueve al cuerpo sino por medio
del apetito, moción que presupone la operación del entendimiento; Sócrates,
pues, no entiende porque sea movido por el entendimiento, sino que más bien, al
contrario, es movido por el entendimiento, porque entiende. 2.° Porque siendo
Sócrates un individuo en su naturaleza, cuya esencia es única, y compuesta de
materia y forma, síguese que está fuera de su esencia y que, por consiguiente,
el entendimiento es respecto de Sócrates todo lo que el motor es al movimiento.
Mas entender es un acto inmanente en el sujeto y no transeúnte a otro, como la
acción de calentar. No se puede, pues, atribuir a Sócrates el entender porque
sea movido por el entendimiento. 3.° Porque la acción de un motor nunca se
atribuye al objeto movido sino como a instrumento, al modo que a la sierra la
acción del carpintero. Si, pues, se atribuye a Sócrates el entender por cuanto
es la acción de su motor, síguese que se le atribuye como a instrumento, lo
cual es contrario al parecer de Aristóteles, que dice (Del alma, lib. 3, tex.
12) que el entender no se efectúa por medio de instrumento corpóreo. 4.°
Porque, aunque la acción de la parte se atribuya al todo, como la acción del
ojo al hombre, nunca, empero, se atribuye a otra parte sino acaso
accidentalmente; pues no decimos que la mano ve porque ve el ojo. Si, pues, del
entendimiento y de Sócrates se hace un solo todo al modo dicho, el acto del
entendimiento no puede ser atribuido a Sócrates. Pero si Sócrates es un todo
compuesto del entendimiento en unión con las demás partes constitutivas de
Sócrates y, sin embargo, el entendimiento no está unido a estas otras partes
sino como motor, dedúcese de esto que Sócrates no es uno solo simplemente y,
por lo tanto, ni es ser simplemente, puesto que una cosa es ser del mismo modo
que es sólo una.
No queda, pues, admisible otra opinión que la de Aristóteles, que
establece, que el hombre entiende porque el principio intelectivo es su forma,
y así, por consiguiente, resulta demostrado, por la operación misma del
entendimiento, que el principio intelectivo está unido al cuerpo como su forma.
También puede comprobarse lo mismo por la naturaleza de la especie humana,
porque la naturaleza de cada cosa se manifiesta por su operación, y la
operación propia del hombre como hombre es la de entender, por la cual se
sobrepone a todos los animales. Así es que Aristóteles constituye la felicidad
última en esta operación, como en la propia del hombre. Es preciso, pues, según
esto, que el hombre tome su especie de lo que es el principio de esta
operación, y como lo que a cada ser da la especie es la forma propia, síguese
que el principio intelectivo es la forma propia del hombre.
Débese observar, empero, que cuanto más noble es la forma, tanto más
dominio tiene sobre la materia corporal, y está menos mezclada con ella, y más
la excede en su operación o virtud; así, vemos que la forma de un cuerpo mixto
tiene una acción diversa de la que resulta de las cualidades elementales. Y a
medida que se asciende en la nobleza de las formas, obsérvase cada vez mayor
excelencia de la virtud de la forma sobre la materia elemental; por ejemplo: el
alma vegetativa es más noble que la forma elemental, y el alma sensible es
superior al alma vegetativa. Siendo, pues, el alma humana la más noble de todas
las formas, excede, por consiguiente, a la materia corporal en su virtud, por
cuanto tiene una operación y potencia de que no participa aquélla, y esta
virtud o potencia recibe el nombre de entendimiento.
Es muy digno de notarse que si se supone al alma compuesta de materia y
forma, de ningún modo se podría decir que el alma es la forma del cuerpo,
porque siendo la forma un acto y la materia tan sólo un ente en potencia, lo
que es compuesto de materia y forma no puede ser en manera alguna la forma de
otro ser en su totalidad. Y si es forma según una parte de sí mismo, damos
entonces el nombre de alma a lo que es forma, y decimos que lo primero animado
es aquello de que es forma, como ya queda dicho.
RESUMEN DE LA Metafísica De
Santo Tomas De Aquino
Para Santo Tomás la metafísica es la
ciencia del "ente en cuanto ente" y, como tal, la ciencia de las
primeras causas y principios del ser.
La filosofía tomista está
intrínsecamente emparentada con el aristotelismo y de Aristóteles toma:
-La concepción
analógica del ser, porque "El ser
es uno pero existen muchas formas de ser" y la distinción entre sustancia
y accidente.
-La teoría hile
mórfica, la cual establece que las sustancias corpóreas están compuestas de materia y forma.
-La teoría de las
cuatro causas de los entes móviles: material, forma, eficiente y final. Así
como la interpretación teleológica de la realidad.
-La teoría del
movimiento como el paso de la potencia al acto. Sin embargo, lo más
importante de la metafísica tomista, es
la distinción entre esencia y
existencia, que no procede de
Aristóteles sino del concepto cristiano
de creación, interpretado platónicamente
como participación. Esta distinción
entre la "esencia", lo que las cosas son y la
"existencia", el hecho de que las cosas existan o no, establece la diferencia entre:
a). Los seres contingentes que están
compuestos de esencia y existencia, ya que pueden no existir, y
b). El ser Necesario, Dios, que no puede
no existir, ya que su esencia es su ser. Ahora bien, si las esencias (o
ideas) no existen necesariamente en la
realidad extra mental, tienen que
recibir su existencia de un ser
necesario, Dios, el cual es libre para crear o no a las criaturas.
ELEMENTOS ARISTOTÉLICOS:
La "Suma Teológica" se
considera la obra cumbre de santo Tomás, quien comienza en ella su discurso
planteando el problema teológico de la existencia de Dios, pasando a
continuación al tratamiento de otras cuestiones de carácter teológico y,
posteriormente, al estudio del ser creado. Es una buena prueba del valor de la
reflexión teológica en el conjunto del pensamiento tomista. No obstante, la
demostración de la existencia de Dios y otras cuestiones teológicas están
sometidas a determinados presupuestos metafísicos que es necesario conocer y
que constituyen el punto de partida de su filosofía. La mayor parte de la
metafísica tomista procede de Aristóteles, aunque también hay elementos
procedentes del platonismo agustiniano y de la filosofía árabe, como veremos a
continuación.
Al igual que para Aristóteles, para Sto.
Tomás la metafísica es la ciencia del "ente en cuanto ente" y, como
tal, la ciencia de las primeras causas y principios del ser. Al igual que
Aristóteles aceptará, pues, la teoría de las cuatro causas, la teoría de la
sustancia y la teoría del acto y la potencia. Pero la necesidad de conciliar el
aristotelismo con el cristianismo le llevará a introducir una nueva estructura
metafísica, utilizada ya por Avicena: la de la distinción entre esencia y
existencia. Además, recurrirá a las teorías platónicas de la participación, de
la causalidad ejemplar y de los grados del ser.
LA TEORÍA DE LAS CUATRO CAUSAS:
En el libro I de la Metafísica, luego
de haber identificado el verdadero saber con el conocimiento de las causas del
ser, Aristóteles nos presentaba las cuatro causas de las que ya nos había
hablado en la Física. Santo Tomás de Aquino aceptará y adoptará la formulación
aristotélica de la teoría de las cuatro causas: la causa material, aquello de
que está hecha una cosa; la causa formal, lo que es una cosa; la causa
eficiente, el agente que la produce; y la causa final, el para qué de una cosa.
LA TEORÍA DE LA SUSTANCIA:
Igualmente la sustancia es
identificada con la entidad concreta y particular, constituida por un compuesto
indisoluble de materia y forma. En cuanto tal, es el modo privilegiado de ser,
el sujeto en el que inhieren los accidentes, las formas de ser que no son
sujeto sino que se dan en un sujeto. Acepta, por lo tanto, la misma ordenación
de las categorías accidentales que Aristóteles: cantidad, cualidad, relación,
lugar, tiempo, posición, estado, acción y pasión. ¿Es posible la existencia de sustancias
que no estén compuestas de materia y forma? Ha de serlo, si se pretende
conciliar la filosofía aristotélica con la revelación, que se refiere, al
menos, a dos de ellas: los ángeles y Dios. Pero será preciso recurrir a otros
elementos metafísicos no aristotélicos, como veremos posteriormente, para poder
explicar su posibilidad.
LA TEORÍA DEL ACTO Y LA POTENCIA:
También con Aristóteles compartirá la
distinción entre ser en acto y ser en potencia. Por ser en acto se refiere, con
Aristóteles, a la sustancia tal como en un momento determinado se nos presenta
y la conocemos; por ser en potencia entiende el conjunto de capacidades o
posibilidades de la sustancia para llegar a ser algo distinto de lo que
actualmente es. Un niño tiene la capacidad de ser hombre: es, por lo tanto, un
niño en acto, pero un hombre en potencia. Es decir, no es un hombre, pero puede
llegar a serlo. Junto con las dos teorías anteriormente citadas dispone santo
Tomás de todas las estructuras metafísicas necesarias para dar cuenta de la
realidad física, del mundo, pero no de Dios, por lo que se verá forzado a
recurrir a una nueva estructura metafísica de procedencia no aristotélica: la
de esencia y existencia.
LA TEORÍA DE LA ESENCIA Y LA EXISTENCIA:
La metafísica aristotélica conduce a
una interpretación del mundo difícilmente conciliable con el cristianismo: el
mundo es eterno y está compuesto de una multiplicidad de sustancias que, en
cuanto tales, tienen la misma entidad. ¿Cómo conciliar la eternidad del mundo
con la creación? ¿Cómo conciliar la identificación del ser con la sustancia con
la afirmación de que hay una sustancia suprema, y radicalmente distinta de
todas las demás? La distinción que ya había establecido Avicena entre la
esencia y la existencia será la respuesta que buscará santo Tomás: además de
las estructuras anteriormente citadas, y basada especialmente en la teoría del
acto y la potencia, habrá que distinguir en cada sustancia la esencia de la
existencia. La esencia está respecto a la existencia como la potencia respecto
del acto. Lo que una cosa es, su esencia, puede ser comprendido
independientemente de que esa cosa exista o no; e independientemente de su
existencia o no, la esencia se mantiene inalterable siendo lo que es.
Por ejemplo, comprendemos lo que es un
hombre independientemente de que existan o no hombres, y lo mismo con cualquier
otra sustancia. La esencia sería, pues, una cierta forma de ser en potencia:
para existir tendría que ser actualizada por otra entidad que le diese la
existencia, ya que nada puede ser causa de su propia existencia. Por lo tanto,
todas las cosas que existen son un compuesto de esencia y existencia. En ese
sentido son contingentes, es decir no tienen en sí mismas la necesidad de
existir, pueden existir o no existir. ¿De dónde les viene, pues, la existencia?
Ha de proceder de otra sustancia que exista eminentemente, es decir, de una
sustancia cuya esencia consista en existir y sea, por lo tanto, un ser
necesario: Dios. Se establece así una distinción o jerarquía entre los seres:
los contingentes, los que recibe su existencia; y el ser necesario, aquel en
que la esencia y la existencia se identifican.
Todo aquello que no está incluido en el
"concepto" de una esencia debe llegarle del exterior y adaptarse a
ella, ya que una esencia no puede ser concebida sin sus partes esenciales. Por
tanto, toda esencia o "quiddidad" puede ser captada por la razón sin
que la existencia lo sea igualmente. Yo puedo comprender lo que es un hombre o
un fénix e ignorar si uno u otro existen en la naturaleza de las cosas. Está
claro que la existencia es algo muy distinto de la esencia. [...] Luego todo lo
que conviene a una cosa, o se deriva de los principios de su naturaleza (como
la capacidad de reír en el hombre), o bien proviene de un principio extrínseco,
como la luminosidad de la atmósfera depende del sol. Es imposible que la
existencia de una cosa proceda de su naturaleza o de su forma, es decir,
proceda a título de causa eficiente. En ese caso, una cosa se convertiría en su
propia causa, se produciría a sí misma, lo cual es imposible. Es necesario que
toda realidad, en la que la existencia es distinta de la esencia, haya recibido
de otro esta existencia.
La concepción de la esencia se modifica
con respecto a la concepción aristotélica: para Aristóteles la esencia venía
representada exclusivamente por la forma; para Sto. Tomás la esencia de los
seres contingentes comprende también la materia, y la esencia de los seres
espirituales se identifica exclusivamente con la forma, ya que carecen de
materia. Se establece pues una separación radical entre Dios y el mundo,
haciendo del mundo una realidad contingente, es decir, no necesaria, y que debe
su existencia a Dios, único ser necesario. Por lo demás, en la medida en que la
existencia representa el acto de ser se establece una primacía de ésta sobre la
esencia. Esta identificación del ser con la existencia le permitirá a Sto.
Tomás hablar de seres constituidos por formas puras, como los ángeles y Dios,
distinguiéndose en que los ángeles reciben también la existencia de Dios. Le es
posible, entonces, admitir sustancias inmateriales, lo que desde una posición
estrictamente aristotélica resultaría difícilmente sostenible.
LOS ELEMENTOS PLATÓNICOS DE LA METAFÍSICA
TOMISTA: La
distinción entre la esencia y la existencia podría bastar para dar una
explicación jerárquica de la realidad, partiendo de Dios como ser necesario. Sin
embargo santo Tomás recurre a la teoría neoplatónica de los grados del ser,
estableciendo una jerarquía que va de los seres inanimados a Dios, pasando por
los seres vegetativos, los sensitivos y los racionales, en el mundo material, y
por los ángeles en las esferas celestes.
Recurre también a las teorías platónicas
de la participación y la causalidad ejemplar: los seres contingentes reciben la
existencia de Dios, por lo que su existencia participa de alguna manera de la
existencia de Dios, el único ser necesario, lo que conduce a Sto. Tomás a
similares dificultades a las que la teoría de la participación había conducido
a Platón, aunque ahora en un plano más estrictamente teológico.
La consideración de Dios como causa
ejemplar, teorizada por San Agustín, según la cual las Ideas de todas las cosas
están en la mente de Dios, es parcialmente aceptada por santo Tomás, a través
de su interpretación "analógica" del ser. En la medida en que todas
las sustancias reciben la existencia de Dios, el ser no les pertenece
propiamente sino que lo tienen por analogía con Dios; y lo mismo ocurre con las
demás perfecciones.
CRITICA
CRITICA
La metafísica de Aristóteles
conduce al pensamiento de san Agustín, pues para san Agustín el mundo es eterno
y está compuesto de sustancias que cuanto tales tienen la misma cantidad, pues
todas tenemos la misma cantidad, pero no la misma esencia por que Dios nos hace
único en esencia y mucho en especie, de modo que si somos iguales para Dios
pero con diferentes dotes, en ayuda de la construcción de un mundo eterno y una
vida feliz.
su forma de pensar pierde la tradición de la
postura entre fe y razón, pues la filosofía no será considerada como la simple
criada de la teología, pues cada uno de estas dos ramas de importancia en la
vida de un cristiano son esencia totalmente diferente, pues tanto la fe como la
razón son soberanas y cada quien tiene su dominios, además solo buscan que él,
que las adopta o las tomas para su vida tenga responsabilidad de cada una de
ella y pueda comprender el gran valor que tiene, y el crecimiento en la vida de
cada uno de nosotros, los cristianos católicos.
pues quien tiene razón y especialmente crítica
busca respuestas a tanto interrogantes incrédulos del hombre de hoy, como por ejemplo
creer que ese pasara que observamos en la eucaristía se convertirá en cuerpo y
ese vino en sangre, o si esa agua que es derramada en la cabeza de un niño es
limpieza espiritual; es bueno que nos preguntemos, además que busquemos
respuestas , pero que siempre respetemos porque solo esto se puede conceder si
tenemos fe y creemos en ese ser que lo ha creado todo de la nada y que nos va
dando respuesta a esto temas tan controversiales para el hombre y
especialmente el joven actual.
Las cinco vías de la existencia de Dios que
nos muestra santo tomas donde vital importancia primero nos muestra la de movimiento,
pues solo un ser grande pudo hacer creado todo lo que vemos y tenemos además de
ser tan eficaz para crear todo en un solo día, que nos muestre su contingencia
hasta el día de hoy por solo ser perfecto pues la única finalidad que busca el
es lograr llegar a esa unión y contemplación de Dios.
Para el hombre de hoy el camino de la perfección
es muy difícil, para mi interpretación las 5 vías que nos presenta santo tomas también
son como un camino hacia la conversión pues todo queremos llegar a tener una
finalidad en nuestra vida que sea el estar en movimiento en busca de Dios y
pues eso lo encontramos viviendo su palabra y ayudando al hermano que más lo
necesita, pues no se puede servir a dos señor si no solamente al Dios verdadero
el cual está representado totalmente en mi hermano.
Para finalizar santo tomas no quiere mostrar
la perfección del Dios verdadero el cual si transcendemos por el camino de sus
5 vías podremos llegar a conocerlos, sentirlo y experimentarlos, hasta alcanzar
aquel grado de perfección y de unidad concreta y clara con el único Dios
verdadero, omnipotente, eterno y sin ninguna perfección, el resto de seres
somos débiles, imperfecto y no somos eterno si no pasajeros.
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